Yo, obrera del amor y del arte, detectora de almas destrozadas, doctora aficionada, reconstructora de corazones quebrantados, entre las penumbras de mis aposentos, quise reparar sus piezas rotas y desde la alquimia salvaje, rellenar sus grietas con oro puro.
Yo que acallé mis instintos, e ignoré las banderas rojas, sólo para cumplir la misión de restaurar las fisuras de su anatomía rota, devastada, maltrecha. Recuerdo cuando, tendido sobre las sábanas blancas de mi cama, le miré por primera vez el cuerpo desnudo, fracturado, etéreo, delgado en extremo, el torso marcado por los huesos, las costillas sobresalientes, la piel amarillenta, las divinas cicatrices, los trozos de piel que se unían en algunas partes, retazos de indumentaria humana, zurcida entre las piernas, en los costados, allí donde la herida de una bala era tan evidente, que dejó un caminito con escalones a lo largo de todo el muslo hasta llegar al tobillo, ruta sensual que seguía con dulzura mi mirada, furia serena en las puntadas grotescas que quedaron grabadas en bajo relieve por su ingle, donde el filo de un machete dejó su huella profunda. Belleza intensa, resiliencia, la resurrección de un espíritu arrancado al inframundo. ¡Qué cosa más encantadora!
Cuando descubrí aquel lienzo, tan imperfecto, tan lesionado por el mundo, tan lacerado por el accidente, tan marcado por aquello que insistimos en llamar destino, no pude evitar el deseo, la atracción y sin querer, sin darme cuenta, traje imágenes a mi memoria, pensé en dolorosos y monstruosos seres fantásticos algunos con historias románticas de fondo, Frankenstein de Shalley, Sally de Burton o Chuky de Mancini, no con afán de sátira, no por un vulgar morbo, no por burla ni mucho menos, sino como referencias ad hoc para describir el deseo que sentí, por aquel cuerpo rasgado que tanto y tan pronto amé. Y en verdad fue así. Porque al ver todo ese desastre de carne, los restos de todas sus guerras, las lesiones, las afectaciones, el pasado caótico, ese espejo justo en el que me reflejé, fue inevitable la atracción, fue como ver mi alma rota colocada sobre él. Dos personajes melancólicos agotados por el paso del tiempo, encontrándose. Una fuerza me succionó, me arrojó ante su espalda bálsamo, me tendió encima de su pecho, sobre su corazón, de donde yo no quería irme, ni tampoco que se fuera. Pero lo hizo. Y me dolió, porque ni siquiera intentó quedarse. No me alcanzaron los días otorgados para llenar las grietas, el tiempo necesario dependía de la profundidad de sus heridas, del nivel de su dolor, de su soledad y el arte del kintsugi no se apresura, lleva un proceso como todo en el universo. Lenta y silenciosa es la transmutación.
No necesitaba volver a ser , ante mis ojos lo era, con sus marcas, con sus perfectas imperfecciones, no necesitaba disfrazar la carne, su vestidura era especial, sólo por pertenecerle y fungir como armadura inquebrantable, de diseño autentico e irrepetible. La pieza ideal para el artista que encuentra placer en restaurar lo fracturado, aunque seamos los mismos artífices los más deshechos, los más dañados, averiados, los que nunca nadie piensa en reparar, los que se asumen autosuficientes y se obligan a intentarlo, sin poder evitar caer en el amor del caos, y aquí estoy, ansiosa por el deseo, enamorada sin remedio de la que era ante mis ojos sedientos, acostumbrados tanto a la tristeza, a encontrar belleza donde sólo hay ruina, la más delicada, exótica, magnífica obra de arte, de la que amé en el más hondo silencio y sin correspondencia, su sombra, los restos, las esquirlas, su exótica belleza y la textura de esos pliegues que se formaban en cada una de sus cicatrices.
Ely Aguilar, nació en la ciudad de Puebla, Pue. México. Estudió Artes plásticas y los diplomados en creación literaria en SOGEM (Sociedad general de escritores mexicanos), e INBA-CONACULTA. Bajo el seudónimo de Liz Magenta, ha publicado cuento en revistas nacionales e internacionales como: Tierra Adentro, El Creacionista, Herederos del kaos, Revista Culturel, Enpolí, Lo innombrable, Revista Sangría, Perro negro de la calle, Literaven, Teoría Omicrón, Phantastique, Seattle Escribe, entre otras.

