Entraste a la estación de la línea 8, la noche era fría y el aire infiltraba al interior de los pasillos, recorriendo tus piernas. Te arrepentiste de usar falda. Si le hubieras hecho caso a tu madre. Mientras esperabas el tren, tu mano buscó dentro del bolso un cigarro, estabas dispuesta a violar ese “espacio libre de humo de tabaco”, no había testigos en la estación, sólo aquel ojo fijo, omnisciente y mudo —que ahora nos persigue por todas partes—, incitando a la transgresión. Era intrigante pensar que, detrás de él, se escondían ellos. A veces, tú, yo, en insospechables miradas.
Antes de encender el cigarrillo, volteaste para asegurarte, una vez más, de que así era: ningún testigo. Sólo ese perro a varios pasos de ti, ladrando, al bajar un par de escalones. Era extraño ver a un perro dentro de los andenes del metro, debajo de la escalera. Te dio pena saber que, en su inocencia, ahí tampoco se protegería del frío. Te hubiera gustado envolverlo entre esa nube de humo cálido, que exhalabas para calmar tu prisa.
El tren tardó en pasar. Hasta que uno abrió frente a ti la puerta del vagón. No viajaba nadie en él. Apresurada, te dirigiste al “asiento reservado”, por la cercanía de la salida. Te sentaste pensando en tu madre que estaría esperándote en casa, el reloj marcaba las 11:40 de la noche. Recordaste la voz de Julia diciendo que no te fueras, que en cualquier momento la reunión se tornaría divertida. Tomó tu brazo y te apartó de Hugo para llevarte hacia ese rincón del jardín de su casa, donde estaban varios de sus amigos. Viste al grupo de muchachos que entre risas y plática cortada voltearon atentos a mirarlas. Los amigos de Julia, al igual que tú y ella, eran estudiantes de la carrera de medicina. Los fines de semana que tenían libres, aprovechaban para convencer a Julia de organizar una reunión en su casa, y esta vez, había sido una de esas. Ella te invitó días antes, justo en la clase de “morfo”, en la que, con escalpelo en mano, cortaba decidida aquella piel azul verdosa que poco a poco se iba tornando púrpura. En tanto que el doctor le preguntaba por qué y para qué elegía esa área, sin saber ella, qué contestar. “Claro, no se puede diseccionar un cadáver en tanto se piensa en la pachanga”, le espetó el maestro en la cara. Algunos se rieron. Un cuerpo era un cuerpo y había que respetarlo no sólo por una razón ética, sino, porque pocas veces llegaban con ese rigor mortis, tan reciente.
A tu madre no le pareció que fueras a casa de Julia, pero la convenciste de que en este país cualquier sitio es inseguro; qué más daba si la reunión era en Iztapalapa o en Polanco. Sonreíste. Te miró resignada, sabía que tenías razón al hablar con ironía. Le dijiste que habías invitado a Hugo, comentario que, ingenuamente, la tranquilizó.
Esperaste a Hugo en la estación Iztacalco —cerca de donde vivías—, pero no llegó. Al enviarle el último WhatsApp, viste que no lo había leído. La tarde era corta y te fuiste sin él. Volteaste por última vez hacia las escaleras. Nada. Cuando te dirigiste hacia el andén, lo viste salir de entre la gente. Caminó con rapidez hacia ti agitando una de sus manos en señal de saludo. Ambos sonrieron.
Mientras Julia y tú, se acercaban al grupo de chicos, entre el conjunto de miradas sentiste una, sobresalir de las demás. Era persistente, de esas miradas que tocan sin pudor, hasta entorpecer el movimiento. Quisiste identificarla, pero se escabulló con rapidez mimetizándose entre el racimo de ojos negros. Por un momento pensaste que era el propio Hugo, quien ahora conversaba con los amigos de Julia. Al fondo se escuchaba la música, entre plática y alguna que otra carcajada, volviste a sentir esos ojos posarse sobre tu cuerpo, mientras veías a Hugo reír con Julia, tu vista se topó con la de él… Supiste entonces, que no era tu amigo, quien antes, te había mirado.
Dos jóvenes irrumpieron a carcajadas en el mismo vagón donde tú viajabas. Escuchaste su sorna, viéndolos de reojo. Era mejor que tu mirada no se topara con la suya. Preferiste observar los asientos verdes que, estando vacíos, vibraban emitiendo un ruido peculiar. Era un privilegio viajar sin afluencia. Te extrañó que siendo sábado por la noche no hubiera más que esos dos pasajeros que ahora se cruzaban en tu camino y que seguían platicando y riendo entre ellos. Acomodaste el bolso sobre tus piernas, la ausencia de más personas comenzó a inquietarte. Te distrajiste leyendo una propaganda mal pegada sobre la moldura de una de las puertas, en la que se leía: “Cuidamos enfermos y adultos mayores a domicilio”. Anuncio que te hizo recordar que Hugo se había ido con una enfermera. Por eso ibas rumbo a tu casa, sin él.
Nadie más abordó el vagón. Sólo esos muchachos que ahora bajaban en “Escuadrón 201”, a quienes observaste hacerse más pequeños, poco a poco, conforme el tren avanzaba, hasta desaparecer dentro de esa boca oscura y alargada del túnel. Te levantaste para cambiar de asiento, junto a la ventanilla derecha. Al sentarte viste tu falda delinear tus piernas y ese moretón violáceo que se asomaba sobre tu muslo izquierdo. Era tan aparatoso, que recordaste a Julia cortando aquel cuerpo en la clase de “morfo”. Pero este cuerpo era tuyo, por eso lo ocultaste bajo tu falda. Mientras lo hacías, advertiste que tu mano derecha también estaba herida. ¿Qué te ocurrió? Quisiste recordarlo, pero todo te llevaba a la clase de morfología. Ahora tu cuerpo tenía coloraciones similares a las que veías allí sobre los cadáveres. A pesar de ser lesiones significativas no te dolían, las examinaste confundida.
El sonido previo al cierre, de las puertas del vagón, te distrajo y te hizo voltear hacia una de las ventanillas donde por un instante creíste ver la imagen reflejada de varias mujeres frente a ti. Volviste a observar el reflejo para asegurarte de lo que veías. En efecto, las mujeres sólo se reflejaban allí, sobre el cristal, con la silueta ahora diluida. Sentiste un escalofrío recorrer tu nuca y espalda hasta agolparse en tus entrañas. Pensaste si continuar tu viaje dentro de ese vientre metálico del tren o terminarlo en la siguiente estación. “Para qué intentar salir, si aquí o arriba, es lo mismo”. Una voz te susurró al oído. Volteaste apresurada pero no era nadie, la voz se había evaporado dejando el sonido de tu corazón en tus oídos. Miraste los asientos vibrar, temblorosos, vacíos. Creíste oír un ruido como de gritos etéreos, imposible de descifrar. Faltaban dos estaciones para terminar tu viaje. El vértigo se apoderó de ti. Tenías miedo. Buscaste una explicación a tus alucinaciones visuales y auditivas, recordando que la semana había sido difícil y no tuviste la oportunidad de reponer las horas de sueño. “Sí, eso pudo ser”, dijiste en voz alta, con determinación. Para convencerte. Cerraste tu mano en puño, la cual mostraba que, lo único palpable eran tus heridas. No podías recordar lo que te había pasado. Eso te angustiaba. Faltaba poco para llegar. Llamarías a una amiga para que te acompañara a tu casa en ausencia de Hugo. A esa hora, ningún transporte público era seguro y transitar las calles a pie, era ya un desafío. Miraste pasar con rapidez las luces de fuera iluminando el pasillo, al igual que tus veloces pensamientos iban detrás de tu amigo. “¿En qué momento se fue con esa chica?”, sentiste enojo al recordarlo. De nuevo miraste tus piernas, ahora esa mancha parecía congestionada, cadavérica, violada. En un golpe de claridad recordaste al médico residente. ¿Quién era? Justo ahora aparecía en tus pensamientos. ¿Acaso, habías sido tú la que dejó a Hugo, para irte con él? De nuevo ese vértigo agitando tu respiración, confundiéndolo todo. Ya estabas sólo a una estación para terminar el viaje. Repasaste la lista de amigas, tal vez alguna de ellas aceptaría llevarte a casa al llegar a Iztacalco. Fuera del metro la llamarías como ya lo habías pensado. Pero al momento de bajar del vagón tus ojos leyeron: “Iztapalapa”. Era imposible bajar en el mismo lugar donde, minutos antes, habías abordado. Observaste el entorno, desorientada. ¿Te habrás quedado dormida? Pensarlo era absurdo. Los trenes de la ciudad son tan viejos que tal vez nunca avanzó… Frotaste tus manos sobre tus ojos como si de esa manera trajeras tu cuerpo a la realidad. Estabas fría. Bajaste del vagón. Ubicaste el andén de salida y te propusiste abordar un taxi sobre la avenida.
Tus pasos apresurados resonaban como si detrás de ti vinieran miles de mujeres haciendo eco en tus propios pies. Volviste a dudar de tus sentidos, tal vez alguien en la fiesta había echado una sustancia en tu bebida, alguna droga que cobró su efecto hasta ese momento. Eso explicaba todo lo que creíste ver y oír. Vino a tu mente la silueta del médico, la forma de imponer su mirada sobre ti, despojándote de tu persona. Al caminar, tus recuerdos se aclaraban. En el trayecto volviste a encontrarte con aquel perro, ahora acurrucado debajo de la escalera y del ojo omnisciente y mudo. Apresuraste el paso sintiendo tu cuerpo temblar dolorido. Era como si en cada uno de tus movimientos fueras todas las mujeres: niña, joven, madre, abuela. En cada paso que dabas, eras consciente de que te lastimaban tus heridas, las heridas de todas, vivir como vivías y ser mujer en este país. Ahora no eras tú la estudiante que se instruía cortando cuerpos para preservar la vida en otros. Era el médico confesando que no podía con tu afán de libertad, de saberte dueña de ti. Era él, obsesionado con imponer su voluntad sobre tu cuerpo, a toda costa. Era él y su grito vuelto público, en tus heridas, revelando a todos su fracaso al querer poseerte.
Seguiste caminando a prisa por el pasillo donde volviste a leer sobre aquel andador el nombre de la estación en la que estabas: “Iztapalapa”. Leíste con voz quebrada, desde tu boca seca, tiritabas. El aire frío mecía tu pelo y tu mirada confusa dejaba entrever que, seguías sin entender nada. Llamaste a Olivia.
Cuando bajaste del auto de Olivia para dirigirte a la puerta de tu casa, por tu mente pasó la idea de irte con ella y contarle todo. Pensaste en llamar por teléfono a tu madre y decirle que se te había hecho tarde para regresar y que preferías dormir en casa de tu amiga. Pero sólo lo pensaste, porque le habías prometido volver. Al abrir la puerta levantaste tu mano sana, en señal de despedida. Olivia, te sonrió y se marchó sin sospechar nada, su somnolencia se lo impedía.
Desde el patio pudiste observar a través del ventanal, que en el interior de tu casa había luz. Decidiste entrar, pero, antes de hacerlo tuviste cuidado de bajar un poco más tu falda para que aquel moretón no asomara y diera pie a cualquier sospecha de ese cuerpo herido. Tu madre se alarmaría. Cuando, por fin, entraste a saludarla no te oyó ni siquiera volteó a mirarte. El único que ladraba era el perro, a quien la mujer, intentaba callar. Mientras, por el teléfono, pedía informes de ti, a Olivia.
Justo aquí, en esta estación donde nunca avanzaste, está por concluir tu viaje. Aún no te has dado cuenta de que te estás muriendo, sola, sin testigos, sólo ese perro a varios pasos de ti, que al oír tu gemido agónico comenzó a ladrarte. Sólo aquel ojo fijo omnisciente y mudo, lo sabe. Ellos, lo saben. A veces, yo. Pero detrás de esta mirada indiscreta y muda sólo conseguimos vigilarte, sin pretender nada.
Claudia Fulgencio (México), es escritora, correctora de estilo y coach literaria. Licenciada y maestra en Letras y Estudios Latinoamericanos por la UNAM.
Desde hace doce años dirige el taller literario Desde el Fondo, espacio dedicado a la lectura, el análisis narrativo y la creación literaria, en el que ha acompañado a autores en distintas etapas de formación y desarrollo de sus proyectos.
En 2024 publicó su primera novela En la oscuridad de su vientre con la Editorial Adarve, España; obra que ha presentado en distintos espacios culturales y académicos, entre ellos: la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la Feria Internacional del Libro de Monterrey, la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, el Museo de Historia de Tlalpan, la UNILA, la Preparatoria 8 de la UNAM, entre otros.
Desde 2025 cuenta con la certificación como Coach Literario con el Método MAPEA, Editorial Planeta, S.A.U., formación con la que ha ampliado su labor de acompañamiento profesional a escritores de América Latina y España. Actualmente asesora proyectos narrativos y de no ficción. Su trabajo combina la experiencia de la escritura propia y acompaña a otros autores en la búsqueda de la forma más adecuada para sus historias, respetando la singularidad de cada voz y entendiendo la escritura como un proceso tanto creativo como teórico.

