JANE’S GOT A GUN DISPARÓ A LA VENTANA DEL TREN | SEBASTIÁN TRUJILLO

Jane’s Got a Gun: disparó a la ventana del tren, de Sebastián Trujillo


La lluvia empapaba el atardecer y resbalaba por la ventana de la habitación. Blondie se sentó en el borde de la cama, se quitó la ropa y contempló los hundimientos que su cuerpo había dejado sobre las sábanas.

Tenía cuarenta años y, de niña, creía en la inmortalidad de los animales. Una gota que resbalaba era púrpura. Miró a través de ella y, entonces, recordó un fragmento del pasado.

Llevaba un globo atado a la muñeca. Había cumplido siete años y acababa de celebrar con un helado de vainilla. Tenía los labios cubiertos de crema. Saltaba y tarareaba una de esas bellas canciones que inventan los niños al columpiarse en el parque.

—Papito —dijo—, ¿sabías que los animales no mueren?

El hombre iba con la cabeza gacha y, además, le hubiera gustado regalarle algo envuelto en papel azul y verde.

—Ah, ¿no? —dijo él—. ¿Y qué ocurre entonces?

—¡Adivina!

Propuso un montón de respuestas. Todas equivocadas. La pequeña Blondie soltó una carcajada. Le faltaba un diente y, por un instante, una estrella errante iluminó la perfección de su sonrisa.

—¿Te rindes?

—Hace mucho, preciosa.

Blondie le pidió que se agachara. Besó su mejilla rasposa por una barba recién afeitada y le susurró el secreto al oído. La brisa sacudió las copas de los árboles. Sus hojas de aspecto otoñal flotaron en el aire de un verano frío. Entre la agitación apareció un búho. Le faltaba un ala, pero era rebelde e inmortal, así que logró elevarse hasta perforar el cielo y perderse en sus profundidades.

Papá le apretó la manita. Se estremeció y, por primera vez, sintió que el mundo era un lugar hermoso, absolutamente inocente. Subieron a la estación. Las ruedas del tren chispearon al frenar. Las compuertas se abrieron y entraron al vagón. Eran los únicos pasajeros.

En el piso, tirado de cualquier manera, había un Ghetto blaster¹ ochentero: carcasa rajada, antena doblada, un parlante hundido. Aún le quedaba batería para una última canción: *“Janie’s Got a Gun” *⁴.

El tren arrancó. Y, entonces, *“Janie’s Got a Gun”*⁴ disparó a la ventana del tren: la bala atravesó el vidrio y dejó un orificio humeante de pólvora. El aire entró por el agujero y le enfrió la cara. Papá miró el cielo. La niña se acomodó en su pecho, justo sobre el corazón.

A través del agujero examinó las alturas. De pronto, lo invadió un miedo sumamente triste. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que miró al cielo. Agachó la cabeza: era su postura consuetudinaria.

El tren giró en una curva. Penetró en un túnel del trayecto y, adentrándose en la oscuridad, desapareció en las entrañas de aquel recuerdo.

La gota púrpura terminó de resbalar. Blondie vivía en el piso tres, el último de un extraño edificio. Era Berlín, y en la punta brillaba un anuncio de neón. En el departamento de abajo residía yo: Sebastián. Una mañana no pude levantarme del sofá. Cuatro años atrás había decidido quedarme allí durante tres meses. Moría de alienación, de obedecer, mientras sostenía entre los dedos el naipe del bufón, lo suficientemente invisible como para que nadie lo supiera jamás.

Sentí la tormenta arreciar; tiñó el cielo de plateado, luego de negro, para finalmente descargar un rayo que destrozó el anuncio y el tejado de la habitación superior. Una caja de pizza yacía sobre el nochero. Blondie estaba en ayunas; quería ser guapa. Escaparse de su propio cuerpo. Fantaseaba con hacer el amor, una vez se hiciera guapa, en uno de esos estúpidos baños underground² de la ciudad. Pero, en la inundación, sus deseos de revistas naufragaron, pues tres mordiscos fueron suficientes para devorar la pizza hecha de lluvia.

Con sus sueños hundidos definitivamente, los poros de Blondie se ensancharon y expulsaron el humo de la derrota total. En sus pupilas asomaron las llamas de un infierno íntimo. Blondie pesaba doscientos kilos. Tenía una boca inmensa. El diente ausente de su niñez era ahora largo, amarillo y filoso.

Un pepperoni flotaba en el diluvio. Lo recogió y, cuando se lo tragó, el piso se desplomó burdamente. Como bajo un hechizo instantáneo, mutó en una pelota de fuego. Estaba brutalmente violenta, con ganas de apuñalar a Dios.

A continuación, cayó por el agujero y me aplastó. Me quemó hasta reducirme a cenizas. Mientras moría, escuché el crujir del piso de madera. Se rajó en espiral y reanudó su caída libre.

La víctima: una chica a punto de chutarse su dosis secreta de heroína. Pero Blondie explotó: derribó por completo la arquitectura. La jeringa, el naipe y la pizza ardieron en las ruinas de un modo tan demoníaco que ni siquiera la lluvia consiguió apagarlas. Berlín era una farsa; la muerte, un anonimato; y el incendio, ¡Scheiße!³, de 200 kilos.



Notas

¹ Ghetto blaster: término inglés utilizado para referirse a un radiocasete portátil de gran tamaño, característico de las décadas de 1980 y 1990.

² Underground: término inglés utilizado para referirse a espacios, movimientos o ambientes alternativos o contraculturales.

³ Scheiße: «mierda», en alemán.

Janie’s Got a Gun: canción de la banda estadounidense Aerosmith, publicada en 1989.


Sebastián Trujillo. Comunicador social y periodista colombiano residente en Berlín, Alemania. 

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