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No sé cómo ha sido, pero mi cuerpo ha quedado ensamblado caóticamente en la silla giratoria. Es como si hubiera caído víctima del magnetismo del escritorio. O de mi repentina responsabilidad de Auctor. En mi parcial inmovilidad reparo en un libro de poemas de Paul Klee que ayer Teresa, al limpiar, debió de mover excesivamente de sitio y ahora se asoma al abismo y, en cualquier momento, podría caer al suelo, quizás sobre el hueco en el que se refugia el narrador.
Al narrador su estado de ánimo no le permite recibir en plena cabeza un impacto de Klee. De recibirlo, podría caer en un desánimo peor, algo que no me conviene, lo necesito porque lo veo como el hilo que posiblemente mejor me comunica con el misterio del origen de los Denver.
No sabía yo que tenía tanta paciencia. Acabo desenredándome en la silla y rescato a tiempo los poemas de Klee. Me hechiza el azul de la portada, y vivo un momento formidable al confirmar que a veces Klee nos conecta con la alegría, especialmente cuando hace su aparición la sombra de alguna pena triste.
Encuentro versos subrayados que volvería a subrayar de tanto como me impresionan hoy de nuevo. Tres de ellos parecen caídos del mismísimo azul de Klee, porque cuadran con todo lo que me sucede en los últimos tiempos, así que decido incorporar el libro al oscuro cuarto de espera del Canon. ¿Cambia algo si son 71 los elegidos de esa biblioteca ligera? No. Además, el 71 se lleva bien con el 17, que es el número de libros del cuarto oscuro que son de cosecha propia, posteriores a la herencia de Altobelli. Por otra parte, me gusta más el 71 porque sumar 7 con 1 da 8, que es un número que tiene algo de místico, de oculto, de algo que está ahí, pero que permanece en la sombra. Nada más apropiado para la cámara oscura. No dudo que, tarde o temprano, estos tres versos de Klee —en ellos no se pueden nombrar mejor los dos lugares que ahora habito— llegarán al Canon:
«Del lado de acá soy completamente imprevisible.
Pues habito tanto entre los muertos
como entre los no nacidos».
—Superposición de estados —susurra el narrador.
¿Es humor de su parte? ¿Desesperación? Veremos si logra superar su posición pésima entre los bichos de su agujero y el Auctor, ese No Nacido, que gobierna en lo alto.
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¿Y por qué tanto retraso hoy en la secuencia cotidiana de biblioteca, ventanal y gabinete? Por la fatiga que acumulo, ya no sólo por haber trasnochado ayer, sino por haber seguido con la fiesta en casa, escribiéndola.
Salvo para dormir un rato y soñar con papeles falsos, no he dejado de vivir la fiesta escrita desde hará no sé cuántas horas. La noche sigue en mí, lo que tal vez confirme algo que, desde mi punto de vista Denver, siempre sostuve: que toda fatiga extrema es una fiesta, ya que, en contra de lo que se piensa, el cansancio es una máquina de alegría creativa, se pierde la noción del tiempo y uno se siente más libre que nunca.
Yo creo que Roland Barthes lo dijo de otra forma en Roland Barthes por Roland Barthes. Allí, en este libro (fue el decimosegundo en pasar al Canon), le da la vuelta a la idea de fatiga y nos propone saber estirarla, potenciarla, convertirla en una intensidad que nos pueda acompañar a todas partes y tal vez hasta nos pueda llevar a ver el mundo de una forma distinta, lo que me hace pensar en el Ensayo sobre el cansancio. En ese libro (en la sala de espera del Canon), Peter Handke da vueltas en torno a la fatiga y acaba diciendo que no sabe nada sobre ella, salvo que los cansancios no se pueden planificar, no pueden ser una meta que uno se proponga, pues en realidad no llegan sin una causa, llegan «en la transición, después de haber superado algo».
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Superada la fatiga de haber seguido con la fiesta en casa escribiéndola, y justo cuando me siento en condiciones de iniciar, de una vez por todas, el ritual de biblioteca, ventanal y gabinete, me llega un whatsapp de Chus Martínez, que, en modo mensaje de voz, dice ir camino del aeropuerto para regresar a Basilea y me pregunta si no tengo la impresión de que anoche le quedó algo por decirme. No, no la tengo. Pero mira, dice Chus, con tanta despedida doble, olvidé pasarte el mensaje que Ryo me dio para ti y que, sintetizándolo, viene a decir que no quiere agobiarte y que...
Se interrumpe aquí la grabación y quedo inquieto. Las síntesis a veces, sobre todo interrumpidas por la mitad, pueden ser criminales. Por suerte, no tarda en llegar otro mensaje de voz de Chus: «Que dice Ryo que no quiere asfixiarte, pero que le gustaría estar segura de que, si deja su infierno de Berna, no tendrás problema alguno en alojarla en casa, donde a fin de cuentas está su habitación de siempre».
Le pido a Chus que le diga a Ryo que si es verdad que deja al boludo estaré contentísimo de que nos reencontremos, que la voy a esperar como nunca esperé a nadie.
Chus pregunta si creo verdaderamente oportuno llamarle boludo. Sí, le respondo, porque ya llevo —se lo digo metafóricamente, pero sin que ella pueda advertirlo— treinta y cinco días preparándole a Ryo su cuarto. Chus quiere saber por qué treinta y cinco precisamente. Pero en mi respuesta me desvío de su pregunta:
—Y dile también que la espero con toda mi energía de ansiedad.
—Ay, pobre, energía de ansiedad, ¿le vas a decir esto?
—¿Y por qué no?
—Porque suena glacial y técnico, frío y hasta robótico, lenguaje de electrodoméstico, ¿no te parece?
Sonrío, mientras me digo a mí mismo algo que no voy a reconocérselo a ella: que son, en efecto, palabras de electrodoméstico, frías y no exactamente mías, pero lo que sucede es que son palabras de mi ocupante, que parece cada vez más animado a intervenir cuando le plazca.
Y para no complicar las cosas tampoco le digo que donde estuvo el dormitorio de Ryo —no es un detalle menor: allí estuvo incluso su cuna— se encuentra ahora la mitad de mi biblioteca ligera de cuarto oscuro.
Enrique Vila-Matas
Nacido en Barcelona en 1948, el autor español Enrique Vila-Matas cursó estudios de derecho y periodismo, y dio sus primeros pasos profesionales como redactor en Fotogramas. Poco después, en 1970, se puso tras la cámara para dirigir los cortos Todos los jóvenes tristes y Fin de verano. Durante su servicio militar en Melilla en 1971, dio forma a su ópera prima, Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973). De vuelta en Barcelona, continuó escribiendo sobre cine para publicaciones como Boccaccio y Destino, manteniendo así un estrecho vínculo con el mundo cinematográfico que perduraría durante gran parte de su trayectoria.
