Los poetas siempre han sentido una fascinación especial por las flores, símbolos de fragilidad y belleza efímera. Alfonsina Storni, por ejemplo, dejó en su poesía un vínculo profundo con las flores, antes de su trágica despedida. Del mismo modo, el principito, en el relato de Saint-Exupéry, cuida una rosa, símbolo de amor y responsabilidad. En este contexto, el poemario Las flores del desastre de Benedicto González Vargas se inscribe en esa tradición, transformando el dolor en una búsqueda de sentido. Con una voz delicada, el autor explora la pérdida, pero también la esperanza que surge de las flores marchitas. Su lenguaje, cargado de imágenes intensas, convierte el desastre en una oportunidad de renacer.
Esta obra se presenta entonces como un recorrido por lo que duele, pero también por lo que permanece y lo que puede volver a nacer. El título mismo nos invita a pensar: ¿qué flores pueden salir de un desastre? La respuesta que va construyendo el autor a lo largo de sus textos es que incluso en medio de la ruina, del dolor o de la distancia, la vida se abre paso, y la palabra poética es la herramienta que permite encontrarle sentido a todo eso que parece destructivo o triste. A través de tres de sus poemas más representativos, podemos ver cómo se desarrollan estas ideas fundamentales.
En primer lugar, el poema “La barca” nos introduce de lleno en la experiencia de la pérdida y de la distancia, dos temas que atraviesan todo el libro. El autor usa una imagen muy sencilla pero llena de fuerza: la de una embarcación que se aleja mar adentro, vista desde la orilla por quien se queda mirando. Dice así:
“Mientras la barca
se aleja por la bahía
y yo la quedo mirando,
atrapado por el vaivén
del suave oleaje”. (Vargas, 2025, p. 10)
En estas líneas vemos cómo el movimiento del mar, que es algo natural y tranquilo, se convierte aquí en el reflejo de lo que siente el poeta. El “vaivén” del agua es también el vaivén de sus propios sentimientos, esa sensación de estar quieto, de ver cómo algo o alguien se va alejando, y de no poder hacer nada más que mirar. Pero lo más profundo viene al final del texto, cuando explica qué es lo que realmente se está alejando:
“una huella blanca
va señalando
la distancia creciente
entre mi dolor
y tu nostalgia”. (Vargas, 2025, p. 10)
Aquí Benedicto González Vargas hace algo muy hermoso: no habla solo de distancia física, sino de distancia emocional. Lo que se hace cada vez más grande no es solo el espacio entre dos personas, sino la diferencia entre lo que uno siente (dolor) y lo que siente el otro (nostalgia). El dolor es algo propio, que se queda con uno; la nostalgia es el recuerdo de lo que se fue.
La barca que se aleja, es entonces la imagen perfecta de cómo el amor, la ausencia o la pérdida nos van separando poco a poco, dejándonos con lo que sentimos, solos frente al mar de nuestros propios sentimientos. Es una forma de decir que el dolor y el recuerdo no son lo mismo, y que a veces lo que más duele es ver cómo lo que compartíamos se va volviendo algo distinto para cada uno.
Si en el primer poema vimos lo íntimo y personal, en “El Espíritu Azul” el autor da un salto hacia algo mucho más grande, que conecta al ser humano con la tierra, con la naturaleza y con una conciencia que parece dormida pero que puede despertar. La cordillera se convierte aquí en el símbolo principal: algo alto, fuerte, antiguo, que ha visto pasar toda la historia. Se expresa en el texto:
“Ya vendrá el día
en que la cordillera,
alta, invencible,
impasible,
inimaginable,
inabarcable,
se levante más aún,
se yerga
y se disponga
a caminar
entre nosotros” (Vargas, 2025, p. 11)
Lo que plantea el poeta es que la naturaleza no es algo muerto o lejano, sino una fuerza viva, un “gigante dormido” que tiene secretos y saberes que nosotros hemos olvidado. Esa cordillera que vemos todos los días y que parece quieta, para el autor es algo que tiene vida, memoria y poder. Y esa idea se hace todavía más fuerte cuando habla de lo que vive en el interior de esas montañas: el Espíritu Azul.
“en que el Espíritu Azul
que mora
en sus profundidades
se levante
entre nosotros
y nos juzgue
con la serena majestad
de las preguntas terribles:
¿Qué habéis hecho?
¿Por qué os ocultáis?” (Vargas, 2025, p. 12)
Estas preguntas finales son centrales en todo el libro, y conectan perfectamente con la idea de las flores del desastre. Aquí el “desastre” no es solo algo personal, sino también lo que le hemos hecho al mundo, a la tierra, a todo lo que nos rodea. El Espíritu Azul no viene a castigar, sino a preguntar, a hacernos ver lo que hemos descuidado. Pero al mismo tiempo, esta imagen nos da una señal de esperanza: si el gigante puede despertar, si el espíritu puede salir, es porque todavía hay tiempo, porque todo lo que está en lo profundo puede volver a salir a la luz. La naturaleza, que ha sido testigo de todo, nos devuelve el espejo para que nos miremos y veamos qué hemos hecho, y así poder cambiar.
El autor cierra esta parte de su obra definiendo aquello que permite que exista la poesía y la vida misma: la esperanza. Y lo hace de una forma muy distinta a lo que solemos escuchar. No la presenta como algo grande, brillante o que se muestra de frente, sino todo lo contrario. El bardo lo manifiesta en el poema “¿Esperanza”
“Sí hay esperanza,
yo lo sé,
tiene la apariencia
de una chica humilde,
sencilla, bella, tímida” (Vargas, 2025, p. 23)
Esta definición es clave para entender todo el poemario. Si al principio hablábamos de flores que nacen del desastre, aquí nos dice que la esperanza tampoco es algo que llega haciendo ruido. Es algo pequeño, sencillo, humilde. Y lo más interesante es cómo describe su forma de actuar:
“tan tímida que en nuestro transitar
de búsquedas y desencuentros,
siempre se va quedando atrás,
hasta ser siempre la última
para escabullirse y perderse
de nosotros” (Vargas, 2025, p. 12)
El poeta nos dice una verdad muy grande: que muchas veces no vemos la esperanza porque estamos muy ocupados buscando otras cosas, o porque esperamos que sea algo espectacular. Pero ella está ahí, caminando despacio, y como es tan tímida, si no le prestamos atención, se nos pasa de largo y se va. Esta visión encaja perfectamente con todo lo que venimos leyendo: la esperanza es como esas flores que crecen entre las ruinas o entre el dolor; no son grandes jardines, son flores pequeñas, sencillas, que hay que saber mirar para encontrarlas. Benedicto González Vargas nos enseña aquí que para tener esperanza, primero hay que saber verla, porque no se nos impone, sino que camina a nuestro lado, callada y humilde.
Las flores del desastre es una obra que logra exactamente lo que se propone: tomar todo aquello que duele, lo que duele en lo personal y lo que duele en lo colectivo, y transformarlo con la palabra. A través de estos tres poemas, vemos que el autor no se queda en el lamento, sino que va más allá. La barca que se aleja nos enseña a entender el dolor; la cordillera y el Espíritu Azul nos conectan con nuestra responsabilidad frente a la vida y la naturaleza; y la esperanza, esa chica tímida, nos recuerda que siempre hay algo que sigue ahí, esperando a que lo veamos.
Como decíamos al principio, esta obra sigue esa gran tradición de la poesía que usa las imágenes de la naturaleza —flores, mar, montañas— para hablar de lo humano. Benedicto González Vargas logra demostrarnos que de cualquier desastre, de cualquier pérdida o de cualquier dolor, siempre puede nacer una flor. No es una flor perfecta ni eterna, como tampoco lo es la vida, pero es una flor real, que tiene belleza, que tiene sentido y que nos permite seguir caminando. Y esa es la gran fuerza de este libro: decirnos que mientras haya palabras, mientras haya mirada atenta y mientras haya poesía, siempre habrá forma de renacer.
Benedicto González Vargas
(Padre Hurtado, 1965), es un profesor y escritor chileno que ha centrado su literatura, en poesía y narrativa, en la experiencia cotidiana de personas comunes y corrientes que manifiestan sus emociones y sentimientos a partir de aquellos sucesos que van tejiendo las redes de la vida.El autor ha publicado anteriormente El Ermitaño (relato, 2001), Hacia una definición del género de la Ciencia Ficción (ensayo, 2002), Huellas en el viento (poemas, 2005), Camino al Ashram (poemas místicos, 2021), entre otros libros.
Los poemas de este volumen fueron escritos, en su mayoría, en 2011, existiendo una primera edición digital de esa época. Esta primera edición impresa incorpora algunos otros poemas que complementan los anteriores y que, por cierto, no están en la versión digital mencionada.

