CALA EL VUELTO: ALEJANDRO ZAPATA ESPINOSA

Imagen de estilo collage grunge que presenta un retrato en blanco y negro de un joven con gafas y una camisa de cuadros, posando frente a un fondo detallado de un plano arquitectónico. En la parte superior, el texto "Alberto Jiménez Ure" sirve de pie de foto. La parte inferior está dominada por una gran franja de papel beige rasgado que contiene el texto principal en mayúsculas negritas: "CALA EL VUELO: ALEJANDRO ZAPATA ESPINOSA".

La ciudad por una ventana: desafiarse a duelo por un cambuche, y quien mira desde Rócalo no sentirá el calor del hueso partido: desde aquí, centro de diversiones, experiencia pensada, servicio de carretera (acaso investigación por el sueño —la propuesta de una estudiante que reunió en Los Comodatos al boliviano y al itagüíno, la opción de tesis con metodología y resultados desde noches a auditorios de estetas, embusteros y colados—): el desafío apenas se siente, el fogaje a menos por un aire disfuncional, y el baño con otra ventanita.

Sobarse con el infierno adentro, luciendo la barbilla que no afeitó por salir rápido a traerse amigos, y por una droguería y un taller de motos, en la mitad de lo visible (fuera de esto hay más, incluso uno es una parte de lo inmenso), el cuchillo que zafó un dios, o un niño en esta lonchera que llamamos ciudad, se hunde, sin oponérsele nada, a la mina o el centro de lo inexplorado: así que si entre dos amorosos, uno que apenas se desconoce y otra que debe atender los timbres, se enjabonan el cuerpo con la ventanita monacal mirando el próximo Imperio del Enterizo en plena avenida, el objeto descendente será mitología de microorganismos, y ellos un champú que entra al ojo, lo distrae, se escapa uno de los dos, se informa y continúa en la noche, contando las horas por sudor en teclado, un bombillo que se escapa a la calle y desorienta a los perros. 

Este milagro que ningún otro toca hace que el visor extrañe, mas no sea recordado, en su tierra: se imagina, o está, y pregunta a los que deberían conocerlo dónde se consigue subir a la morada, y le dan una dirección incorrecta: al llegar está más lejos de donde vive, y baja como si buscara arriendo las escalas que él ayudó a abrir, desde el monte a la tierra: maneja un hombre de rojo que chupa tinta (o gasolina o purgante de vacas en frasco), se la mete a las encías, comparte pero nadie coge, y deja el carro en un vacío: Asoviviendas en Caucasia o los apartamentos de Chanluis en Los Espinosa. 

La tía lo reconoce (que de la visión a la ciudad cortada, que aparenta treguas solo posibles para el humano, cuando esa extensión nunca deja de tramar sus accidentes, sus arrollos) al sobrino, le pregunta cuándo vuelve, como si no estuviera allí, lo mismo la prima segunda, y ambas son una postal que se mira a contraluz en la ventana: el lugar de nacimiento es paisaje olvidado por el lugar de dos riberas: ni la mujer que se fue anunció otro encuentro, que de todas formas ocurre, ni la ciudad asegura repetir otra noche en igualdad de condiciones, más bien compite para reducir sus visitantes, mezcla inauguraciones con entierros, pasar sin miras por lo que jurábamos era valioso.

Retoma los acertijos por una alumna que desafía el “aiga” y la rememoración de otra que mandó en su momento de desempleo a la altura, y en los papeles, allí reside el hombre, piensa el lecturando: es él y lo que proyecta, y la palabra adelante, como una tesis clavadas, no es más que eso, uno y lo escrito, de resto no hay nada, y puede el coordinador de sede, en alguna de los huecos cerveceros de esa llanura, con luces, moza, amigos de tarde-noche, proyectar reflexiones que no van a parar a formato: así nadie puede creerle más que en el uso oral, pero con ocuparle la boca a pitillo, las manifestaciones de su entendimiento se pausan, recobran la mudez primigenia, evita sobreponerse a los planes urbanísticos que sí, por convenio y entregables, deben fichas técnicas y reglamentos: no él, apurado por salirse a los concejales, aunque diga los europeos tienen evidencias y no opinan (que-él-sí), en vano: tampoco desgántense, miradores (más corrosivo y otras aguas es esa gente) en el portal de la droguería, quien dentra y sale porque no encontró lo que deseaba, lo que lo mandaron a traer, y leamos el papelito: cambia de letras según dónde el cansancio se riegue por el cerebro: el número uno es una cita de Günter Rodolfo Kusch (por la asignación en la conferencia, la bienvenida en un cabildo para el trabajo de grado —si lo abandona el pegamento del instante—): leído por las variantes rola, costeña, cundiboyacese y pastusa:


Aun se conserva un rastro de vida en la presencia física de la ciudad. El tumulto, el insulto furtivo de un chofer, una avenida iluminada, la mujer que pasa con un misterio de sedas y de miradas, el sol de un domingo —que trae por reflejo un sabor a llanura monóton— y un tango resbalón le cuelgan a la ciudad las ojeras de su trajín en la ficción. Se sospecha entonces que la ciudad también olvida. Los armazones de granito y cemento que descansan en día domingo yacen inexpresivos y hasta solidarios con el paseante y muestran a manos llenas y con alguna sonrisa, que su presencia fue un error y, en lo más hondo, un juego.


Y lo otro, dos, ágrafa: «No es posible adivinar el cielo» (abandono o reuniones con directivas demoniacas, solución para los desaparecidos, el artefacto, la carretera y sus pronosticados accidentes): y por último: «No sé si me quiere como a las demás» (ninguna luego de reportarse el poco tiempo): tira el papel que no cae sobre la arena barrida, los desperdicios de la construcción cuyos primeros habitantes son obreros de día y palomas de noche (haciendo de toda obra un hotel antes de cierre): entonces pasa, o la extensión es un escritorio, una oficina de subsecretario: le habla pero no entiende si debe hablarle a él o dirigirse a otro lejos, detrás de ese, que aunque verlo se esconde y aparece porque lo menciona, pero no haya la vocal precisa, y en el juego de escondites el primer remitente agrupa lo dicho, se hace primer receptor, cuando hay otro más allá que es lo interpuesto detrás de la silla reclinable, en la oficina de reuniones segundas: ¿acaso hablándole a él se comprende toda la ciudad y sus gestores ocultos?: si existiera un solo medio para entenderse con esta, un solo oído enrastrojado, quizá es la ventana que solo abre un ojo (los oídos siempre tuvieron ojos), y nadie sino los despiertos, si existen y demoran la bebida para escucharme, en silencio, porque solo el papelito en la arena, ya oculto, era el mensaje, tres artilugios remedados por la necesidad de otro, el indigenista, el amigo, la pelada, ¿en dónde y a qué la atención?: con más ensañamiento si la ciudad pronostica lavarse de noche los pecados que seguirá concediendo a plena cancha y tambores.


El Bagre-Caucasia, mayo de 2026



Alejandro Zapata Espinosa (Itagüí, Colombia, 2002): licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia) y maestrando en Educación (Universidad Santiago de Cali). Miembro del Comité Editorial de Contacto Literario (Armenia, Colombia). Elegido mediante convocatoria de la revista Prometeo para participar en el 36.° Festival Internacional de Poesía de Medellín (FIPMed). Blog Archivo Cantera: <archivocantera.blogspot.com>. Correo: <3761229@gmail.com>.


Imagen de portada en collage: Ana Sofia Manco Espinosa...