Ilustraciones de Leandro Cardenas
En marzo, nos sumergimos en los versos de Moisés Cárdenas, y la experiencia ha sido como un viaje entre la montaña y el mar. Nuestra comunidad ha estado vibrando con esta lectura, y aquí les compartimos algunas de las reflexiones que han surgido en el camino:
El Cosmos y lo cotidiano:
La luna, el sol y las estrellas dejan de ser astros lejanos para convertirse en una dimensión cósmica del amor y el deseo. Como bien dijimos en el grupo: La palabra poética las toca, las recrea y las redescubre.
Naturaleza emocional: El mar no es solo agua; es el escenario donde se condensan los sueños, la nostalgia romántica y esa mixtura perfecta entre sensualidad y erotismo.
El arte de contemplar: Inspirado en el avistamiento de aves y la inmensidad del cielo estrellado, este poemario nos invita a detenernos.
Porque escribir también es eso: “Un pájaro del pensamiento que picotea la mente y canta al corazón”.
SiTeLoCuento sigue construyendo historias a través de la mirada de autores que, como Moisés, saben abrazar las montañas sin tocarlas y traducir el vaivén de las olas en versos.
Porque este poemario Escrito en La Habana, es el mar hecho mujer, donde el autor, entre el Malecón de La Habana y Varadero, se inspira para plasmar los versos que están en las páginas de este libro. Cuando el poeta llega a su destino, acostado en un mueble, recuerda sus caminatas por la playa, donde deseará volver al mar.
Las metáforas y las imágenes navegan en los versos de Escrito en La Habana, tal como lo es esta ciudad, mágica y trovadora. Este libro fue escrito como su propio nombre lo dice: Escrito en La Habana, para luego concluirse en un pueblo lejano del mar; desde allí el poeta extraña el océano y desea bañarse en sus aguas. Desde lo erótico y romántico, Moisés Cárdenas ofrece el mar a la mujer para que nade en sus versos.
He aquí un poema del bardo, titulado “Cuando la inocencia queda en un barco”
Un día remoto de infancia en el puerto
allí donde el mar acariciaba la arena,
estuve sentado con mis sueños de ser marinero.
Al pie de una roca flotaban unas cuantas gaviotas,
y me encantaba verlas deslizarse con mudo desdén
sobre el cielo terciopelo.
Una parte de mi alma
jugaba en la arena
la otra abría la puerta
del barco del asombro.
En esa ocasión se me vino a la memoria
El Principito que lo había leído
en una tarde lluviosa en mi habitáculo
frente a la ventana que daba junto a la calle.
Aquel libro estuvo
guardado bajo el sofá de la sala,
lleno de polvo, deshojado por el viento.
Estuvo aquel libro
bañado de lágrimas nocturnas
de los recuerdos de mi madre
dados en su juventud,
sin saber ella, cuyas páginas danzarían
en aquel mar de aventuras
como las de Robinson Crusoe
o como los pasajes de Simbad el marino.
Pero El Principito en aquel desolado puerto,
navegaba en el ser y el no ser
porque era un niño que estaba
sin comprender el mundo de los adultos.
Esas cosas ridículas que hace esta estirpe
llenas de celos, alucinaciones, malicias,
convirtiéndolos en bufones
y payasos de sus propios circos.
Sólo la brisa que mece los barcos
puede comprender
para que está hecho el mundo.
Atónito ante la magnitud del espacio
descubrí la belleza de la naturaleza
en la redondez de los senos de la playa.
Ese día el viento crisolaba
las naves de los aqueos,
un soplo desnudo
vistió aquella tarde la arena
con una sirena cubierta de miel,
quizá pudo ser Helena o Afrodita.
Sea lo que haya sido
en aquel paisaje de plenitud oceánica
salió de las olas,
y lentamente se deslizó entre los corales
hasta esconderse entre el sol.
