Primer colegio de visita. Wilson tutor investiga qué vengo hacer, mis motivos de presentimiento, a quién le debo la vida. Paso de los salones a la cancha, de la cancha a la recepción, en espera de que me ubiquen; pero no tengo contrato, ni póliza, ni dónde asegurar techo. Voy a subir a Granizal, más empinado por la niebla, el invierno y los volcanes; o es El Volador, y en él otro colegio, los profesores renegados. (La pieza, el camarote, el escritorio dan a un volado de nubes y maleza). Y vuelve el interrogatorio Wilson: función, eje, ministerio, pero ya estoy en la moto apagada, no prende, hay solo una calle para subir, las luces se refrigeran, voy cargado y, dicen, allá arriba no me atenderá nadie; quedo por mi cuenta, el frío entrándoseme por los pies.
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Regreso al primer trabajo serio como una vigilancia (y la estrechez discursiva del examinador, con turbias revelaciones en lo continuo). W. es un trabajador público y el padre, imposible obviarlo, en esa función: con la ley a su modo. El colegio no es más que escapatoria entrampada: al desubicar la sede, volví a otro que no era sino comienzo de loma a una estadía más laboriosa: «dicen, allá arriba no me entenderá nadie», cuando debo «capacitarlos» (capital social de «interacciones y profesiones» situadas antes-de). La ubicación de la sábana es otra laguna: además del inicio que se confunde (¿por escapatoria?), el segundo del acompañamiento en el barrio, ese acto de dormir, o vigilancia abierta a levantarse, anda entre corredores que se encuentran, y al final siempre el mismo: un dueño jerárquico, la tonsura, el reflejo.
II
Salida de noche, del sur al centro, recién bañados, Tarso en el Valle, en su moto. Es el barrio de la tía, y sus empanadas de San Antonio para los mecánicos; en la casa de los viejos, hombre y mujer solamente, mesa y cocina, al parecer tienda con televisor, noticias o fútbol, y el trago: cerveza que nunca acaba, manos limpias de trabajo hecho, olor a fritos que llenaron... Vemos el partido como si no fuera con nosotros, y le doy conversación al viejo al igual que le recibimos las botellas a la señora, su delantal azul, el bombillo prendido en la cocina.
Al salir, damos las gracias, cogemos los bolsos y los cascos, y papá va por la moto. La trae del monte, pegada a un árbol: me pongo el casco, quería verlo todo en el hemisferio, y montándome veo la loma enrielada que nadie, ni a pie, se atrevería a subir. Iremos al centro, para rociarnos de neón, y volveremos a la colina a deshacernos en las luces parcas del reversadero.
Pero voy con Yessid, el hijo de esposa, del Sembrador a la Galería a pie, y le comento la tienda, los viejos, la cerveza fría, el partido de azules y verdes, el manto blanco y las sillas de madera; retratos de hijos perdidos, cortinas por puertas, una reja para anunciarse. Y la moto que aceleraba, y los gritos de mujeres que nunca besaremos, cuyo olor nos fue negado por falta de heroísmo o sismatiquería.
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El baño anticipa la frescura de la noche (labor completada), con el W. implícito del número uno. A lo largo el Valle como si venteara para recuperar las gotas que fresquearon a sus hijos. La salida del negocio de los señores, abuelos de Tarso que no son sino hermanitos del que maneja, es para la escapatoria al Cauca, su extensión y organismo en lechugas. Recontarle al hombre (que media entre W. y el narrador), es decir contarse la visita da fe de cuán valioso (y perdido) quedó el centro, las laderas.
III
Salto por la ventana a una viga de obra negra. Están los cajones de los cuartos, el cemento con aguas recibidas y, alrededor la maleza, el verde ocupándolo. «Es la casa Yesid»: no tengo idea quién me persigue, a dónde iré a parar, con los postes por guía, sudando el Valle, como si las vigas, las columnas y los techos no se acabaran.
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Lo continuo aquí es el segundo número y su acompañante final. Avanzó en el sentido de prestarse como habitáculo: él en la infraestructura para desaparecerse, a saltos de gato, en la medianoche iluminada. Ni él ni la obra descansan como deben, porque se dedican a facilitar al nocturno el despliegue. Mirándolo bien, su casa es la única en pie; las otras son cascarones; de ella sale para probar suerte en una mera viga, que no se posesiona.
¹¿Ventilador o sábana corrida?
Caucasia, abril de 2026
