ESTO QUE AHORA SOMOS
El sol de ese domingo por la mañana, a finales de enero, se filtraba de manera tímida por entre las persianas de la alcoba principal y lo despertó, dormía junto a su esposa en la cama matrimonial. Miró el reloj y vio que eran más de las ocho de la mañana. Teresa de espaldas, aún dormía, una mano apoyada en él, no era habitual que los dos se quedaran hasta tarde entre las sábanas, menos un domingo de vacaciones, cuando les gustaba ir hasta la playa más cercana a la ciudad a hacer ejercicios, y además habían prometido ir a visitar a la madre de Teresa en su nuevo apartamento. De paso irían a comprar los zapatos escolares de su hija Sarah, quien ya estaba a punto de regresar a sus actividades escolares en este inicio de año.
Ronald se levantó de la cama y encendió la grabadora a un volumen moderado y colocó esa canción que tanto le fascinaba a Teresa. El disco compacto lo habían estado escuchando juntos la noche anterior mientras degustaban una botella de vino que el hermano mayor de Ronald les había obsequiado para la cena de la navidad pasada. La melodía flotó como un pájaro que apenas comenzaba a conocer la amplitud del cielo y el horizonte.
-Hola cariño, nos quedamos rendidos y ya son más de las ocho de la mañana. Creo que nuestra rutina de ejercicios en la playa quedará pospuesta. Recuerda que tenemos muchas cosas por hacer.
-Deja y descanso unos minutos más, amor. Me siento un poco cansada. No hay prisa, tenemos suficiente tiempo para realizar las tareas pendientes.
-Ven amor, bailemos esta canción. Anoche no la disfrutamos cómo debe ser.
-Ronald, tú estás loco de remate, es muy temprano para bailar.
Ronald fue hasta la cama y le dio un beso sonoro en la frente a su mujer. Ella le apretó la mano con bastante efusividad. Se levantaron con calma y comenzaron a bailar. El saxo de Coleman Hawkins en la pieza de Soul Blues arropó cada centímetro de la habitación. Teresa cerró los ojos para poder permitir que la música realizara su especial sortilegio. Ronald la tomó de manera delicada por la cintura y disfrutaba el aroma de la piel y el cabello de su mujer. Llevaban más de veinticinco años viviendo juntos y aún poseían ese don especial de ser pareja y cómplices al mismo tiempo. Juntos habían sorteado toda una serie de calamidades al inicio de la relación. Ahora el panorama era bastante alentador. Estaban entrando a una etapa de mayor contemplación del tiempo libre. Ambos tenían bien claro qué cosas les gustaba compartir. No se habían dejado llevar por la rutina de una relación de tantos años. Siempre tenían algo nuevo que hacer.
Fueron casi diez minutos de una comunión asombrosa entre ellos y la melodía de jazz. Teresa se sintió renovada. Una maravillosa sonrisa se dibujó en su rostro. Ronald volvió a tomarla por la cintura y la besó en la mejilla. Fueron a bañarse juntos y dejaron correr la música jazz en la grabadora. Desde hacía mucho tiempo no habían vuelto a hablar de aquel fatídico suceso. Solo llevaban tres años de estar casados cuando Teresa quedó embarazada. Ambos estaban comenzando sus etapas laborales como profesionales en la docencia. Ronald estaba feliz porque ella estaba en su proceso de gestación de trillizos. Las familias de ambos tenían planes armados ante este advenimiento. Pero luego del cuarto mes comenzaron las series de complicaciones de salud en Teresa. Primero una fuerte alza de la azúcar, luego fueron problemas con la presión y por último un problema en la capacidad interna del útero de Teresa para albergar las tres criaturas. Los médicos buscaron todas las formas posibles de salvar a las criaturas, pero no se pudo hacer nada concreto.
Luego de este incidente, las cosas no fueron del todo bien entre ellos. La fuerte carga emocional llevó a que ambos tuvieran que entrar a terapia y medicación para bajar los niveles de estrés y depresión. Así fue cómo fueron a parar a la música jazz. Una gran amiga de Teresa, les brindó ayuda a través de unas terapias. Cada vez que iban juntos a las consultas, la mujer tenía como música de fondo melodías de jazz.
Poco a poco se fueron familiarizando con la música de Chet Baker, Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker, Sonny Rollins. Poco a poco esa profunda herida se fue cerrando y llegó el momento en que cicatrizó. Casi doce años para volver a tomar la decisión de traer un hijo al mundo. Teresa estaba por cumplir sus treinta y cuatro años y Ronald sus treinta y seis cuando nació su hija Sarah. Llamaron de esta manera a la niña como manera de homenaje a la cantante Sarah Vaughan.
Salieron de bañarse y se cambiaron de inmediato. Cuando salieron del cuarto, Sarah estaba mirando la televisión y degustando un plato de cereales con leche. Teresa se dedicó a preparar el desayuno y Ronald salió a lavar el carro. Mientras estaba limpiando la parte delantera del auto, miró por casualidad hacia la ventana de la casa de enfrente y vio el rostro de la señora Carmen quien parecía estar viendo sus acciones con detenimiento, pero su mirada estaba centrada más allá de lo que Ronald estaba realizando. El rostro de la señora se notaba sereno. Ronald levantó la mano a manera de saludo, pero no recibió respuesta alguna.
La señora Carmen vivía en esa casa junto a sus dos hijas menores y sus respectivos esposos. La menor de todas tenía como hijo a un niño dos años menor que Sarah. Ambos asistían a la misma escuela del distrito, pero en diferentes grados. El niño se llamaba Samuel, pero todos en el vecindario lo llamaban Sammy. A Ronald le pareció extraño no verlo ya levantado con su balón de fútbol bajo el brazo o dando patadas al balón contra la pared de la casa.
Ronald luego de limpiar su auto fue hasta donde se encontraba la señora Carmen y la saludó de manera directa. Ella le devolvió de manera cortés el saludo. Los ojos de la mujer tenían un brillo especial. Su voz también transmitía una especie de paz interior. Llevaba su cabello tinturado de un marrón claro, lo cual le daba una apariencia de mayor jovialidad. Las pequeñas arrugas alrededor de su boca se disimulaban cuando ella sonreía.
Ronald y Teresa eran bastante amigos de la señora Carmen y sus hijas y de igual manera del niño. La señora Carmen le preguntó a Ronald si hoy iría a la playa con Teresa y Sarah. Ronald levantó la cabeza y miró las pocas nubes que estaban en el cielo. Luego metió las manos en los bolsillos de su pantalón y golpeó un montículo de hierba que había crecido entre las grietas de la acera como intentando desprenderlo. Ronald comentó que hoy no irían, que tenían otros planes en mente cuando de repente apareció Samuel con su balón de fútbol, quien de inmediato le propuso jugar una partida de tiros libres en la cancha del parque cercano a Ronald, quien volvió a dar la excusa de tener que realizar otras diligencias al lado de su mujer. Sammy le preguntó por Sarah. Le pidió permiso a Ronald para que la dejase ir hasta el parque a jugar fútbol con él. Prometió no patear tan duro el balón cuando le tocase el turno a Sarah en el arco. Ronald no tuvo más que sonreír ante las ocurrencias del niño. La señora Carmen dijo que ella podría ir a cuidarlos mientras jugaban en el parque.
-Bueno, yo no le veo ningún problema, pero debo consultarlo con Teresa. Tenemos algunas cosas pendientes y no sé si salimos de inmediato.
Eran las horas más tranquilas de esa mañana de domingo. Solo había un pequeño grupo de personas en el parque realizando ejercicios. La gran mayoría de los autos estaban estacionados en las aceras. A Ronald le apeteció tomar un sorbo de cerveza bien fría. Volvió a pensar en la melodía de jazz de Coleman Hawkins y se sintió liviano. Caminó de regreso a casa y fue por su hija Sarah. Le comentó a Teresa que estaría en el parque mientras ella se terminaba de cambiar. Le comento que no solo estaría con Sarah si no también con la señora Carmen y su nieto Samuel. Teresa no vio nada malo en esto. Ronald fue hasta la nevera y sacó una cerveza. La abrió y fue de regreso a reunirse con los otros en el parque.
-Listo, mientras Teresa se prepara, nosotros estaremos un rato acá. El paisaje de esta mañana está bastante hermoso.
-Si, la verdad es una mañana muy diáfana, Ronald. Vamos a sentarnos en esa banca mientras los niños juegan con el balón. ¿Te parece?
-Claro, no veo ningún inconveniente. ¿Espero no le moleste me tome esta cerveza mientras converso con usted, o si?
-Para nada. ¿Tienes tu celular contigo? ¿Puedes colocar música a un volumen moderado mientras conversamos?
-Claro señora Carmen. ¿Qué clase de música desea escuchar?
-No sé si a ti te guste. Nunca les he comentado a Teresa y a ti que mi difunto marido era saxofonista en una banda de jazz. Casi 35 años fue músico. Tenía lo suyo. A mí, al principio, no me gustaba mucho ese tipo de música, pero fui aprendiendo a degustarla gracias a que mi finado esposo me fue enseñando.
-Doña Carmen, no lo va a creer, pero Teresa y yo también nos gusta mucho la música jazz, ¿y qué músico le gustaría escuchar? Tiene alguno en particular.
-Ronald, hay uno que nos ayudó mucho a superar ciertas pequeñas tragedias. Nuestro matrimonio salió a flote gracias a su música. Mi esposo se aferró a sus melodías como si éstas fueran su tabla de salvación: John Coltrane.
-A mí me gusta mucho Chet Baker y a Teresa Coleman Hawkins. Pero indudablemente Coltrane fue de los mejores con Miles Davis.
-Quien lo iba a decir, muchacho, el mismo lazo nos une a este mundo.
-Así es señora Carmen. El mundo es un pañuelo.
Ronald sacó su teléfono celular y de inmediato comenzaron a sonar las canciones del álbum A love supreme. Las notas del saxo tenor de Coltrane flotaban por el aire de esa mañana de domingo. Era como haber llegado al punto final de una búsqueda de años. Era como ver los sueños ir a la deriva de este claro horizonte. Un doloroso adiós se iba alejando de a poco como si fuera humo.
A su lado, la señora Carmen descansaba con el rostro alzado hacia el cielo como bebiendo el calor tranquilo del sol, protegiéndose el rostro con la palma alzada de su mano derecha. Su cuerpo estaba tan quieto que apenas se notaba su respiración. Sarah y Sammy corrían alegres tras el balón. No se movía nada, en ninguna parte. El sol era un plato de cobre inmóvil. El cielo era una extensa colcha imperturbable. El viento era leve. La música sonaba de fondo.
A lo lejos, un pájaro planeaba por encima de los árboles del parque, con sus alas extendidas. Su sombra se reflejó en el suelo de asfalto de la cancha. Los niños alzaron la mirada y comenzaron a gritar. Esa era la vida tomando un corto respiro.
DONDE TODAS LAS COSAS TERMINAN
Tu padre murió cuando apenas acababas de cumplir los veintisiete años de edad, hace diez años, un mediodía de febrero, en su apartamento modesto en el que ahora vives al lado de tu mujer y tus dos hijos pequeños. Te acuerdas de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar sabías que la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un instante al mismo tiempo suave y dramático: tú arrodillado en el piso, él acostado en su cama matrimonial, inconsciente hacía horas. Con tu madre y una de tus primas le daban de tomar un líquido medicinal, hecho para suplir las proteínas de lo que hacía días ya no podía comer. La escena era terrible, porque el deterioro físico se imponía con toda su visibilidad; estaba muy flaco, postrado, y tenía la mirada perdida. Y sin embargo, lo recuerdas todo con levedad y ternura, sin estridencias. Habías decidido escuchar a un bajo volumen un álbum de Miles Davis titulado A kind of blue mientras leías con ahínco una novela de Cortázar por tercera vez.
La casa y el barrio estaban en completa paz, a pesar de estar cerca la temporada de carnavales en la ciudad. La música de Miles Davis invadía el interior de tu alma en esos momentos. Disipaba de a poco esa sensación de levedad en tu ser ante la inminente muerte de tu padre. Solo hacía unos minutos le habías suministrado el medicamento. Lo tomó con dificultad. Tres o cuatro tragos cortos de un vaso de vidrio que ustedes le colocaban con sumo cuidado en sus labios. Tu padre era un autómata en sus últimos gestos de supervivencia. Pero tú te dedicabas con toda la paciencia del caso a darle este tipo de auxilio para no empeorar la situación de su estado de salud.
La música llenaba de una especie de espiritualidad el recinto. Tu padre tomaba tragos cortos del vaso que tu madre le inclinaba en su boca. Ver aquello te hacía sentir un enorme vacío en tu interior. Esta enfermedad había actuado con velocidad. Solo habían pasado cuatro meses desde su segunda hospitalización severa. Escuchabas a tu madre con esa obstinación propia de su ser, de su naturaleza humana: bebe un poco, Carlos, esto te va ayudar mucho a mejorar. Lo repetía hasta el punto de parecer una plegaria. El último trago que tomó le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo viste morir, con la cabeza apoyada en las manos de tu madre y los ojos bien cerrados. Te pareció una poética forma de morir, rodeado de ese halo místico de la música de Miles Davis, el corazón vibrante de los cuidados familiares y esas frases de Cortázar que se escondían en tu memoria.
Tu padre siempre intentó convertir la vida en un buen chiste. Nunca lo viste preocupado a profundidad ante cualquier calamidad. Tú no pudiste heredar esta fortaleza. Aún recuerdas el buen sentido del humor en él, incluso al salir de las prolongadas sesiones de quimioterapia donde le aplicaban potentes radiaciones que nunca pudieron quebrantar su fe en una vida más prolongada. Él estaba aferrado a un nuevo renacer cada vez que enfrentaba un capítulo de su penosa enfermedad. Esto te hacía tener en tu interior una sensación incómoda de contrariedad al ver su deterioro físico gradual. Lo único a lo que te aferrabas era a unas cortas conversaciones a final de la tarde, la lectura y la música Jazz. También te molestaba a más no poder cuando los médicos decían que era normal el quebranto físico de tu padre ante tantos procedimientos médicos. Tú siempre habías tenido un concepto claro de aquello que se debía señalar como normal. Pero la vida debía continuar, de eso no te cabía duda alguna.
Mientras limpiabas los zapatos de tu hijo mayor, miraste de manera casual a tu mujer recogiendo las pertenencias de él y organizándolas dentro del pequeño armario. Tenía una expresión jovial a pesar de ser una mujer madura. Te apoyaste al espaldar de la silla. Te parecía como si la hubieses conocido de toda la vida. Una relación llena de bondades habías alcanzado al lado de esta mujer. Sabías que eras tú quien necesitaba entregar un poco más. Quizás la muerte de tu padre había actuado sobre tu comportamiento y tu falta de trascendencia. Te fastidiaba poder reconocer esta especie de falla en ti. Pero nunca habías hablado en voz alta de ello con nadie. Y ni deseabas ir a donde un psicólogo o tal. Querías enfrentar esta especie de pena a tu manera.
Tu padre deseaba que fueras músico. Te compró primero una trompeta, luego un saxo y por último, cuando estabas a punto de cumplir tus veinte años de edad, te inscribió en un curso de piano. Pero el entusiasmo en ti era momentáneo. En cambio tu hermano menor, sin proponérselo tanto, había terminado aprendiendo en una iglesia evangélica a tocar el sintetizador. Muchas tardes enteras de la época de fin de año se la pasaban en casa de tus padres escuchándole tocar melodías navideñas. La familia reunida en pleno.
En otras ocasiones, tu padre se sentaba en una especie de terraza en la parte del patio y comenzaba a contarles a ustedes las más curiosas anécdotas acerca de los músicos de jazz que él más admiraba. Tu padre decía que estas historias las había leído en un libro que prestó en varias oportunidades en la Biblioteca Distrital de la ciudad. A ti te asombraba mucho la manera en qué tu padre relataba los pormenores de estas historias. Tu madre decía que eran puros inventos de tu padre. Pero cuando ya cumpliste la mayoría de edad pudiste constatar que el libro sí existía, aunque muchas de las narraciones eran trastocadas por tu padre a su manera. Quizá lo hacía con el único fin de hacerlas más atractivas para ustedes.
Era casi imposible no sentirse atraído por la voz y el tono de tu padre al relatar estos acontecimientos. Era como estar presentes en ese momento. Recuerdas una vez que viajaban de Barranquilla a Santa Marta para pasar un día festivo en las playas del Rodadero y tu padre te pidió colocar un disco compacto para escuchar mientras realizaban la jornada. Era una simple grabación casera que semanas antes tu hermano menor le hizo a tu padre a manera de regalo. Piezas memorables de Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Theo Monk, Art Pepper entre otros. Mientras las melodías sonaban tu padre hacía apuntes acerca de la vida de estos músicos. Notabas en los ojos de él, una especie de devoción por ellos. Era como si al contar cada detalle estuviese escribiendo su propia biografía. Para ti era como haber emprendido una gira nacional en coche, y ustedes eran los miembros de una gran banda de jazz, liderada de manera magistral por tu padre.
Días después de la muerte de tu padre te dedicaste a revisar muchas de sus cosas. La gran mayoría eran de suma importancia sentimental para ti y tu hermano menor. Afuera el sol calentaba despacio. Fuiste hasta la terraza del patio a sentir la brisa de la mañana. Te sentaste en el mecedor que tu padre usaba y encendiste la grabadora. Le pediste a tu hijo que te trajera el disco compacto de música jazz que tanto le gustaba escuchar a tu padre. Tu hijo fue de inmediato. Regresó con el disco en una mano y un vaso de jugo de naranja en la otra. Los árboles al fondo del patio estaban mudos. Encima el cielo era un enorme espejo. No se oía nada, solo la voz lejana de algún vecino. La claridad de la mañana era impecable. Tu hijo buscó una silla y se quedó mirando tu rostro. Colocaste el disco en la grabadora. Toda una especie de ritual. Te acomodaste en el espaldar del mecedor antes que la música comenzara a sonar. Tu hijo se acercó hasta donde estabas sentado. Colocaste tu mano en su hombro. Él te abrazó con fuerza. Sentías el mundo entero bullir en ese instante. El saxo de Lester Young arropó de inmediato la atmósfera.
-Tengo algo que contarte hijo…
Una ráfaga de viento tibio se hizo presente. Unas ropas colgadas en una cuerda se mecieron de manera ligera. La luz diurna abarcaba cada rincón del patio. Mientras la música rodaba a sus anchas, tú comenzaste a contar a tu hijo la maravillosa anécdota acontecida en Kansas en el año 1934 donde Lester Young y Coleman Hawkings se enfrentaron en un mano a mano hasta que la luz de un nuevo día los sorprendió en la tarima.
Tú y tu hijo permanecieron juntos como si el tiempo no existiera. La mañana se hizo más extensa. Las palabras flotaban al ritmo de la música. Una ceremonia particular afloraba entre ustedes dos. Todas las cosas que habías vivido no se habían fugado con la muerte de tu padre. Ahora era el momento de poder contar tu propia historia…
Robinson Quintero Ruiz, Barranquilla enero 1969. Escritor, docente, comunicador social, traductor, gestor cultural. Actualmente dirige la Gaceta literaria digital Hojalata. Coordinador de proyectos culturales en la Fundación Funcaribe desde el año 2008. Coordinador de proyectos académicos en la empresa de asesorías pedagógicas Ases del Saber desde el año 2017. Textos suyos han aparecido publicados en revistas literarias a nivel nacional e internacional y en varias antologías literarias desde el año 2010. Tiene publicados los siguientes libros: Tren de largo recorrido (prosa poética) 2007, El lado oscuro del trópico (crónicas urbanas) 2012. Ganador del Concurso Nacional de Poesía Universidad Metropolitana 2008. Ganador del Concurso Nacional de Cuento Universidad Metropolitana 2008. Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Ciro Mendía 2008. Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Casa de Poesía Silva 2008. Tiene inéditos los siguientes libros: La vida se escribe todo el tiempo (novela), Una herida de jazz en el corazón (cuentos), Podemos traer de vuelta los viejos tiempos otra vez (poesía).
