EL PERFIL DE LOS PERROS: EL RASTRO DE JULIA DE LA RÚA EN EL TEATRO Y EL RECONOCIMIENTO INTERNACIONAL
Por Juan Carlos Vásquez
Han pasado veinte años desde que conozco a Julia de la Rúa, y tres desde nuestro último encuentro en la sede de Araña Editorial, en el barrio del Carmen de Valencia, España. Dos décadas que han servido para confirmar que el arte no es solo un refugio, sino un modo de resistencia; una trinchera que, en el caso de Julia de la Rúa, se ha levantado sobre los escombros de lo convencional. Algo de eso entendí aquella tarde en su sede: vi sus libros, sus cuadros, unas hermosas artesanías heredadas de sus padres. También un sótano que se había inundado, del que apenas había podido rescatar algunas cosas. Hay una crueldad silenciosa en ver el archivo de una vida secándose al sol. También conocí a su hijo, que hace una labor discreta y precisa de edición y diseño. Conversamos largo rato y al final de la mañana nos despedimos. Y caminé hasta la Estación del Norte de Valencia para tomar el tren de regreso a Barcelona pensando en lo grandioso que es conservar tantos objetos que guardan un significado único, y en cómo Julia ha hecho de la constancia y la dedicación un valor genuino y transparente.
Ahora que El perfil de los perros vuelve a estrenarse, es inevitable observar cómo la obra no ha perdido ni un ápice de su filo. Sigue siendo ese camino angosto, oscuro y necesario que ella trazó para alcanzar su «otra voz»; una voz que, despojándose de toda metáfora, se convierte en un aullido directo, primitivo, una palabra sin nombre que late en la frontera entre la ficción y la verdad. Lo que Julia plantea en esta obra —y que resuena con una crudeza renovada— es una autopsia del lenguaje. Su ejercicio de deconstrucción de la palabra «mujer» es un martillazo contra las máscaras impuestas por una sociedad que, desde el diccionario hasta la estructura del poder, insiste en etiquetar lo que no puede ser contenido. Al transitar de la «perra a dos patas» a la hembra que reivindica su existencia más allá de los collares de lujo y los cordeles de esparto, Julia no busca invertir jerarquías; busca abolirlas. Es una arquitectura de fuerza donde el dolor se transforma en potencia creadora y el cuerpo se vuelve territorio político, más ahora, en una España convulsa por agendas y alineada a nuevos actores.
Me resulta fascinante cómo en su escritura, al igual que en su pintura, habita esa búsqueda de luz entre las sombras del inframundo. Como señaló el crítico literario José Enrique García en su reseña del poemario publicada en Acento en enero de 2024, ella maniobra con el signo hacia abajo, hacia los pasajes tenebrosos, procurando ahondar en la bestia resiliente que vive en el hombre. No es casualidad que la obra nos recuerde que la única «enfermedad» que realmente padecemos los humanos sea, simplemente, la vida. Este reestreno es una oportunidad para volver a mirar de frente ese espejo deformante que ella construye. El perfil de los perros no pide permiso para ser leído; exige ser visto como un altar donde el cuerpo es ofrenda y el ladrido, la única forma auténtica de decir la verdad sin caer en la hipocresía de los discursos.
Lo que más llama la atención, después de veinte años, es cómo Julia sigue sosteniendo ese testigo, recordándonos que, a pesar de los nombres impuestos, solo existe una verdad: la existencia. Y es que lo que más repiten quienes han trabajado cerca de Julia de la Rúa —actores, colaboradores, gente de su entorno artístico— es que no escribe desde la comodidad ni desde la técnica entendida como ornamento, sino desde una zona más peligrosa: la necesidad. Hablan de una creadora que no separa vida y obra, que no representa, sino que se expone. En ese sentido, su trabajo suele percibirse menos como literatura en el sentido clásico y más como una experiencia que atraviesa al lector o al espectador. Dicen de ella que su escritura incomoda porque no busca agradar, que hay algo deliberadamente áspero en su manera de construir imágenes, como si cada palabra tuviera que pasar primero por el cuerpo antes de convertirse en lenguaje. Algunos destacan esa insistencia suya en volver siempre a lo mismo —el cuerpo, la herida, la identidad—, pero no como repetición, sino como excavación: cada vez más hondo, cada vez más crudo.
Quienes han estado dentro de sus montajes coinciden en otro punto: la transformación. No solo de los personajes, sino de los propios intérpretes. El perfil de los perros, en particular, es señalado como un dispositivo exigente, casi físico, donde la frontera entre lo humano y lo animal no es un recurso estético sino una tensión real que se sostiene en escena. Otros lo definen como un ritual más que como una obra teatral. También se comenta su relación conflictiva con el lenguaje: no lo utiliza para embellecer ni para explicar, sino para desgarrar. La palabra «mujer», por ejemplo, no aparece como identidad estable, sino como algo que se rompe, se cuestiona y se reconstruye constantemente. En ese proceso, su obra se mueve entre lo poético y lo violento, entre la denuncia y una especie de búsqueda espiritual que nunca termina de resolverse.
En círculos más cercanos, hay quien subraya su coherencia: esa forma de mantenerse fiel a una línea de trabajo que no siempre encuentra espacios cómodos dentro de los circuitos tradicionales. No es una autora que se adapte fácilmente a formatos o expectativas, y quizá por eso mismo genera tanto rechazo como fascinación. Y sin embargo, en medio de esa tensión —entre lo marginal y lo institucional— empieza a surgir otra lectura: la de una obra que, pese a su radicalidad, ha comenzado a ser considerada dentro de espacios de legitimación más amplios. No deja de ser significativo que su nombre empiece a circular en contextos donde el reconocimiento se mide en términos de trayectoria, impacto y proyección internacional. No sería descabellado imaginar que una trayectoria como la suya —sostenida, internacionalizada y ajena al oportunismo— termine siendo considerada para galardones del peso del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, una obra que el sistema ha tardado en mirar de frente, pero que ya no puede ignorar.
El perfil de los perros no nació de una sola grieta sino de tres que se abrieron al mismo tiempo. La primera fue la muerte del poeta salmantino Remigio González, "Adares", amigo y detonante de la vocación literaria de Julia de la Rúa, a quien el poemario está dedicado y cuya presencia atraviesa la obra entera como contrapeso humano: el hombre bondadoso frente al hombre verdugo. La segunda fue el Proyecto "Primitivismo Femenino", iniciado en 2009 bajo el sello de Araña Editorial, que convocó testimonios de mujeres de distintos países con el propósito de recuperar una visión intimista y sin filtros del universo femenino, ciclo que se cerró en abril de 2010 en la Feria del Libro de Valencia. La tercera fue más antigua y más honda: una libertad primitiva que Julia reconoce en sí misma desde la infancia, una necesidad de sentir sin prejuicios que ella misma definió como la única forma en que se siente verdadera. De esa confluencia —el duelo, el proyecto colectivo y la memoria del propio cuerpo— emergió un libro que no es exactamente poesía, ni exactamente crónica, ni exactamente grito: es las tres cosas a la vez, y por eso ha tardado más de una década en encontrar el escenario que merecía.
Lo que Julia describe no es un proceso de escritura sino un acto de reconocimiento. El libro no fue construido: fue descubierto. Y en ese descubrimiento —la perra de la huerta del abuelo, el niño imaginario, la niña que preguntaba quién era— está la explicación más honesta de por qué El perfil de los perros no puede leerse como literatura convencional. Es un texto que se escribió solo, que su autora tardó meses en poder comenzar y apenas unas horas en terminar, y que cada vez que lo relee le devuelve algo que no sabía que había puesto. Eso no es técnica. Es lo que ocurre cuando una escritora y su obra son, en el fondo, la misma cosa.
"Elenco de El perfil de los perros. Dramatización dirigida y escrita por Cecilia Anahí, basada en la obra de la escritora Julia de la Rúa."
• Nota editorial
El perfil de los perros ha recorrido ya dos escenarios que no admiten indiferencia. El primero fue el Teatro Montalvo de Cercedilla, en la sierra madrileña, donde la Cía. Anahí Teatro presentó la adaptación con un elenco formado por María Ibarra, Sophia del Mar, Juanjo Esparza y Cecilia Anahí, en una producción conjunta de Araña Editorial y Montalvo Espacio Cultural. El segundo fue el Teatro de la Villa de Alba de Tormes, en Salamanca — un edificio con raíces que se remontan al hospital de peregrinos fundado en 1445, cuya antigua botica fue convertida en teatro en 1842, y que hoy conserva esa mezcla singular de historia y clasicismo entre sus paredes. Allí, el 13 de abril de 2024, la obra se presentó ante el público salmantino como un testimonio que honra la memoria de Adares, el escritor salmantino que compartió con Julia la visión de esta historia. Dos presentaciones. Dos escenarios cargados de densidad cultural. Pronto, de nuevo en Madrid: Espacio Cultural Abierto Clara Temgonoff. C/ Doctor Velasco, n.º 6, Jerónimos, Madrid.
Julia de la Rúa
Salamanca, España
Escritora, poeta y acuarelista. Fundadora de Araña Editorial (Valencia, 2005) y del International Language Center (1983). Su obra atraviesa la poesía, la narrativa y la traducción, con una estética anclada en el primitivismo, la libertad expresiva y la defensa de lo humano. Ha expuesto en España, México, Australia, Alemania, Uruguay y Perú. Calificada por la crítica como poeta de la duda — rebelde, luchadora, en permanente exilio interior.
• Bibliografía
Poesía
— Dragoste — Bernal Ediciones, Madrid, 1998. ISBN: 978-84-88491-59-6
— Los finales y los sueños — Bernal Ediciones, Madrid, 1999. ISBN: 978-84-88491-95-4
— El perfil de los perros — Araña Editorial, Valencia, 2010. ISBN: 978-84-935586-8-0
— Dragoste / Los finales y los sueños (reedición ilustrada) — 2013
Narrativa
— Puic Muic — Araña Editorial, Valencia, 2005. ISBN: 978-84-609-4366-2
— Yrha y Luna: caminos cruzados — 2015. ISBN: 978-84-9437-7815
— El bosque de la duda — ebook, 2014. ISBN: 978-84-9425-7353
Prólogos y traducciones
— Prólogo a El rayo anestésico, de Marzel — Araña Editorial, 2005
— Prólogo a Confesión de una menopáusica, de Nieves Pérez — Araña Editorial, 2007
— Prólogo a Ovillos de luz y pinceladas de alegría, de Miriam de la Heras — Araña Editorial, 2008
— Prólogo a Cazador de flores, de Benjamín López Guerrero — Araña Editorial, 2010
— Traducción de La novela de Mary, de Mary Wollstonecraft — 2011
— Traducción de Un Mefistófeles moderno, de Louisa May Alcott — 2014. ISBN: 978-84-9425-7377
Antologías
— Alba cubana — UNEAC, Cuba, 1999
— Mi vida es mía — Plaza & Janés, Madrid, 2000. ISBN: 978-84-01-37665-8
— Padre, raíz y eternidad — Asociación Cultural Estación de Brujos, Perú, 2016
• Araña Editorial
Valencia, España · 2005
Fundada en 2005 por Julia de la Rúa y Enrique de la Rúa en Valencia, Araña Editorial nació con una intención precisa: canalizar la creatividad de artistas y escritores que promueven los sentimientos, la belleza y la justicia humana. En dos décadas ha publicado más de veinte títulos de novela, poesía, relato y diario, con autores de España, América Latina y Europa.
El sello opera desde una concepción integral de la cultura: sus actividades incluyen exposiciones de pintura nacionales e internacionales, colaboraciones con el International Language Center y proyectos solidarios como Primitivismo Femenino (2009–2010) y Primitivismo Masculino (2012), iniciativas que vincularon arte, literatura y compromiso social con instituciones de México, Australia, Alemania, Perú y Venezuela, entre otros países.
Araña Editorial es también el espacio desde el que Julia ha prologado y editado voces de escritores emergentes de distintas latitudes.
° Kaos Review / Juan Carlos Vásquez
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