Hay géneros que no obedecen fronteras. La fantasía subvierte la realidad, el realismo sucio la desnuda y la ficción especulativa proyecta sus sombras sobre lo que vendrá. Entre esos tres ejes se mueve buena parte de la literatura más incómoda, libre y visionaria de nuestro tiempo: textos que desconfían de las certezas, que ensucian la belleza y que convierten la imaginación en un instrumento de fractura. En esta entrada rescatamos los excepcionales textos de Herederos del Kaos, una amalgama de voces donde convergen Alex Armega, Karina Androvich, Shabely Botello, Ludim Cervantes, Daniel Frini, David Crauley, Roberto Garcés Marrero, Liset Reyes Aldereguía y Magdalena Páez Amador; piezas que irrumpieron con voz propia en los márgenes de la literatura convencional y que hoy conservan intacta su potencia.
Yo soy el bosque - Ludim Cervantes
A los jóvenes de mi edad, de catorce años, les salen granos o espinillas en la cara, no ramas o brotes de flores. Las venas no son extensiones de tallos verdes de los cuales nacen hojas. Brotes diminutos y finos recién nacidos de mi propia piel.
Al verme en el espejo, comienzo a creer que soy más parecido a un Ent enano que a un ser humano. Mi piel no ha cambiado de color, aunque los lunares comienzan a parecerse más a semillas ovaladas, como almendras o nueces.
Se hace tarde para la escuela. Mi madre me lo advierte desde la sala. Su voz suena tranquila pero nerviosa. El Miedo y la desesperación me invade. No quiero que ella se enteré. Ya padece ansiedad gracias a mi inestabilidad emocional por culpa del acoso que sufro en la escuela. Preocuparla me hace sentir más ansioso y desesperado. Saque unas tijeras del cajón de mi escritorio. Necesitaba deshacerme principalmente de las hojas que nacen de mi cara, por lo menos un momento. El resto se podría cubrir con el uniforme. Pensar en la cara de horror que pondrá mi madre si descubre que su hijo tiene una mutación. Desesperado, tome entre mis dientes la toalla aún húmeda después del baño. Aprete fuerte al primer corte. Dolía como si cortase una extremidad de mi cuerpo. Arranque los pequeños tallos que salían de mis poros. Los vi caer y marchitarse al mismo tiempo que tocaron el suelo. Extrañamente no brotó sangre, si no una especie de savia blanca que no era pegajosa. Olía a romero. Con un pañuelo desechable limpie los residuos. El ardor se hizo cada vez más fuerte, como si hubiera dejado caer alcohol sobre las heridas. La marca que quedo en mis mejillas, fue la de una espinilla reventada.
Mi madre volvió a llamar desde el comedor. Salí rápidamente, tomé la bolsa con el almuerzo. No me atreví a mirarla, temía que notara el nuevo color de mis ojos, verde agua. No me despedí de ella como suelo hacerlo y escape. Hui de mi propia casa. Como si fuera un peligro. Como si hiciera algo malo.
Corrí escaleras abajo del edificio antes que creciera otro tallo o me viera algún vecino.
A las siete cuarenta de la mañana no había personas en la unidad habitacional. Debajo de mi uniforme, comencé a sentir entre mi carne y la piel, punzadas dolorosas. Mis venas dolían como cuando hay un mal intento de una inyección.
A cada paso que daba mis pies pesaban, como si algo tirara de ellos hacia abajo; lo que me impedía avanzar. Note una rama serpentear dentro de mi pie, provocándome cosquillas hasta que consiguió abrir mi piel y atravesar mi zapato. Me detuve al notar que no iba a poder asistir a la escuela. Aterrado observe la raíz asomándose por la suela gruesa. ¿Cómo era posible que una rama tan delgada tuviera la suficiente fuerza para destrozar un zapato? Era de color café oscuro, como las ramitas de los árboles. Ahora se movía en dirección al concreto. Golpeó un par de veces. Quería traspasarlo y enterrarse.
Brinque para no terminar enraizado a la mitad de la avenida. Arranqué la rama sin pensar en el dolor. Grave error. Fue como si me hubiera roto un hueso y grite. Grite como si hubiera tenido un accidente porque así es como dolía. Una mujer se asomó por la ventana de un departamento y me miró asustada, vio que cojeaba, debió pensar que me caí y que estaba mejor de lo que me escuché. Luego cerró las cortinas.
Tuve dificultades para caminar, mi pie tenía una gran herida y al moverlo, se acalambraba toda la pierna. Rogaba porque nadie quisiera ayudarme. Pasar desapercibido como siempre. Existir sin ser notado, sin interrumpir la trayectoria de la vida de los demás. Después de todo, ser invisible debía tener sus ventajas ahora.
Las punzadas en mis pecas hicieron que me detuviera cerca de un poste de luz. Agitado y temeroso, me escondí al ver un auto pasar. Podía sentir como se abrían y germinaban brotes color rosa de cada una de las pecas. Para colmo, los mechones de mi cabello se deslizaron hacia abajo y al mismo tiempo se transformaron en hojas verde oscuro. Como las de un árbol.
Me paralice. Tiré mi mochila al suelo. Comencé a arrancar de nuevo las ramas, flores, pétalos y tallos recién nacidos de mi cara. Las ramas que nacían de mis brazos y piernas eran tan fuertes que conseguían rasgar mi ropa. Me deshice del saco para poder arrancar mejor los pedazos de madera y las hojitas de mis brazos. Estaba tan desesperado que olvide estar a la mitad de la calle. Sólo quería que parara el dolor y la angustia. Que dejaran de crecer ramas de mi cuerpo.
Me estaba convirtiendo en un árbol.
Las ramitas picaban bajo mi piel, como inyecciones inversas. Eran como esas larvas de mosca que anidan en la carne y con el tiempo buscan un hueco por donde escapar, sólo que a las ramas no les importaba atravesarme las entrañas y surgir, como lo hacen bajo la tierra.
El poste ya no era un lugar seguro, camine a la pared más cercana que daba a un callejón. Intente respirar profundo como me enseñó la psicóloga durante mis terapias para tratar mi ansiedad. Intente pensar en cosas más alegres para despejar mi mente, quizá eso detuviera mi dolor o la transformación. Luego de unos minutos, nada de eso funcionó. No despareció el sufrimiento y mucho menos los troncos que abrían mi columna vertebral. Ya no pude ocultar el dolor, era desagarrado. Los discos de la columna estaban tomando otra forma y probablemente otra textura. Mi carne se abría y la piel se estiraba como si tiraran de ella. Mis gritos llamaron la atención de un par de vecinos de las casas aledañas que se asomaron. Uno preguntó si estaba bien, otra señora dijo algo de llamar a una ambulancia.
Ya no sabía que era más espantoso, que ellos me vieran o saber que de mi espalda estaba naciendo una rama gigantesca con flores rosas. Una vez salió el primer tronco que no era tan largo ni ancho, pude entender que mis huesos ya no estaban construidos de calcio y hierro, si no de duramen y médula vegetal. Madera.
Mi llanto no era agua, era savia viscosa, con un perfume delicioso que sólo se encuentra entre las hierbas cercanas a las playas. Como el romero y el sahumerio que mi mamá tenía en su balcón.
Mi vista se borró por momentos y entre esos, divise una silueta que se acercaba despacio. No distinguí quien era, hasta que tallé mis ojos, pero fue un grave error, mi vista se hizo opaca.
― ¿Qué haces? ― reconocí la voz, era Carlos.
Asistimos juntos al jardín de niños hasta la secundaria y rogaba porque no coincidiéramos en la misma preparatoria. Era fastidioso y encontró en mí una diversión enfermiza que sólo tienen los niños maliciosos. No perdía oportunidad para molestar o insultarme. Él era el culpable de que yo fuera a terapia y mi mamá subiera de peso por preocuparse por mí.
Mi mala suerte no podía ser más enfática. Sus ojos de zorro me miraban con asombro y asco. Eso era muy común en él, pero esta vez estaba más sorprendido.
― ¿Qué te pasa? ― su voz fue hueca y áspera. Su pregunta escondía una burla paralela. ― Das miedo…
Quería que se fuera, que me dejara solo. Aunque no podía reaccionar, la vergüenza y el miedo me paralizaron. Con la mirada aún borrosa, note que su mano se acercaba. Todos los días me amenazaba o me golpeaba. Asumí que sería igual. Así que intente protegerme. Por instinto cotidiano y supervivencia me cubrirme la cabeza.
Intentó arrancar una de mis ramas. Escuché su risa burlona y confiada. Contempló mi desgracia y lo disfrutó. Él siempre me llamaba raro o fenómeno. Sin embargo, esta vez sus palabras tuvieron un efecto distinto en mí. Porque ahora eran reales. Siempre dijo la verdad sobre mí. Como si él supiera desde antes que me pasaría o en el peor de los casos. Fue Carlos quien provocó todo esto. ¿Cómo? ¿Quién sabe? Carlos es malo, tiene ojos de zorro y las niñas de la escuela dicen que es hijo del diablo porque no tiene piedad por nada y por nadie.
Así que no tuve otra opción, iba a decirles a todos. No quería que se burlaran de mí.
No hubo golpes, no hubo tirón de cabellos. Tampoco escuché su voz.
De mi mano extendida, la cual evitaba que él se acercara, salió un troncó, como otra extremidad. Fue como un disparo, una lanza… atravesó el pecho de Carlos.
No supe bien que sucedió en esos segundos que fueron como una ráfaga de viento. Levanté la mirada buscando a Carlos. Misteriosamente tampoco hubo sangre. Su piel se erosionó, secándose por completo. Su cuerpo se fosilizó junto con el troncó. Dejando a Carlos abandonado en la calle como un adorno.
No supe que hacer. Lo observe anonadado y quebrándome en llanto. La confusión quedó marcada su rostro, era espantosa. Aunque era más aterrador vivo que en ese estado de fosilización.
Bajo los pies del cuerpo de Carlos, emergió la maleza y enredaderas, mismas que trepaban por sus piernas hasta cubrirlo como una pieza de jardín abandonado. Como las estatuas viejas en casas vacías, en parques embrujados. Carlos adornaría por siempre la calle que daba a nuestras casas.
Una mujer que salía de su casa, gritó al ver la escena. Su gritó fue una alarma vecinal que hizo que los demás se asomaran de los departamentos, salieran de sus casas. Que los automovilistas se detuvieran.
A pesar de la cojera de mi pie, pude moverme y escapar. El caos tras de mí se hizo más fuerte, probablemente ya era una multitud de vecinos. Pretendí avanzar lo más rápido que pude. El caos no se esfumaba, no quise mirar atrás, estaba seguro que ellos me seguían. Cruce dos calles hasta llegar a un parque. Fue el sitio más seguro que encontré en ese momento. Ya no había a donde ir. Estaba condenado. A donde quiera que fuera sería una prisión. La gente me entregaría a la policía por lo que le hice a Carlos, mi mamá se enfermaría al verme en la cárcel.
Porque mate a un compañero de clases.
A nadie le iba a interesar lo que padecía. Dejaba de ser humano. Mi cuerpo dolía, incluso mis manos ya no me respondían porque mis dedos se estaban convirtiendo en ramificaciones.
Una vez pise el pasto, la paz inundó mi cuerpo de forma misteriosa. Desapareció el dolor, la mente guardó silencio. Fue como si llegase a casa y descansar después de un día difícil. Di un gran suspiro. El sol de la mañana era tan pacífico, como si curase todas las enfermedades de mi alma. Lo miré por primera vez. Escuché los gritos de algunas personas, los vi correr alrededor y llamar a la policía. Observe su desesperación. Una mujer paso frente a mí, recargó su mano en la corteza dura y filosa de mi piel. Luego siguió buscándome.
El viento sopló sereno a las ocho de la mañana. Algunos pájaros reposaron sobre mí. Su cantó alivió mi mente hasta ya no me importó nada. Desde esa vista pude ver mi casa, la silueta sin vida de Carlos y las bonitas flores que colgaban de mis ramas.
Ludim Cervantes. Bruja y escritora con TDAH. Nacida en Ciudad de México. Lic. en Desarrollo Comunitario en UNADM, especialista en proyectos sociales y género. Su primer espacio de publicación fue en la Revista Goliardos en el 2008 dentro de la Antología de Zoombies. Posteriormente formó parte del equipo editorial de la Revista Migala ganadora del premio “Jóvenes Creadores” del FONCA de México. A partir de entonces ha publicado de manera independiente en diversas revistas. Entre ellas Guardagujas suplemento de la Jornada en Aguascalientes, Descensor en Zacatecas, entrevistas para Verso Destierro y Por escrito. Recientemente en Anestesia (2019).
El rincón de un juego enajenado - Daniel Frini
—Matalo —dijo la Voz Uno, que al niño se le antojaba la de una muchacha hermosa como princesa, cabello oscuro, piel morena y ojos gigantes.
—Hacele caso, matalo —dijo la Voz Dos, que era dura y rasposa, como la de un hombre gastado de alcohol y cigarros; no tan viejo en años, pero sí en atravesar la vida rebotando madrugadas en antros roñosos.
El niño no dudó. No había razón para hacerlo. Al fin y al cabo, las dos voces siempre habían estado allí dentro, en algún lugar de su cabeza, guiándolo y enseñándole.
Las escuchaba de otra manera; distinta a como se oían los demás y todos los sonidos de su mundo —a través de sus oídos—; sino que llegaban, no sabía adónde, como vibraciones claras e identificables, distintas a sus propios pensamientos, a los que no podía ponerles timbre ni entonación que los distinguieran. Las voces de Ella y Él —nunca supo, ni necesitó, ponerles nombre— eran firmes, reconocibles, únicas. Representaban, además, su primer acercamiento a un mundo sonoro, preexistente al exterior —aunque a esto no podía saberlo—, porque ya estaban cuando a sus oídos llegaban sólo los ruidos del cuerpo de su madre y voces difusas de un mundo extraño, atenuadas por un océano de líquido amniótico. Y, más importante aún, las voces de Ella y Él estaban siempre presentes; más que su padre, su madre, su abuela, sus maestros o sus amigos; calmándolo cuando las luces de la habitación se apagaban, defendiéndolo de monstruos, transmitiéndole tranquilidad en las noches de tormenta. No tenía, en su memoria, registros de un solo momento en que hubiese estado solo. Podía ocurrir que, durante días, alguno de los dos se callase; pero jamás había ocurrido, ni ocurriría —se lo habían prometido— que se fueran los dos.
—Matalo.
—Matalo.
El niño se acercó con una sonrisa en su rostro y la mano extendida. El animalito desconfió, pero venció su aprensión y, con sigilo, se acercó y lamió los dedos. El niño tomó al animal de sus patas traseras, lo levantó como si fuese un palo; y con él golpeó la piedra, que se tiñó de rojo.
—Gracias —dijo la Voz Uno.
—Gracias, pibe —dijo la Voz Dos.
—Dale unos metros de ventaja, pibe —dijo la Voz Dos; y el muchacho, ahora de unos diecisiete años, detuvo el puño en el aire.
El pobre hombre, flaco y andrajoso, entrevió una salida; sacudió su brazo para soltarse de la mano que lo tomaba, e intentó correr, sobreponiéndose al dolor de su pierna ulcerada.
—Dejalo que se escape. Me gusta cuando corren y creen que tienen alguna esperanza —dijo la Voz Uno.
Cuando el hombre estaba a unos cincuenta metros, la Voz Dos dijo:
—Dale, pibe.
Ella y Él experimentaban el mundo a través de los sentidos del muchacho. Olían lo que él, saboreaban lo que él. Cuando el muchacho tocaba algo caliente, eran tres los que decían «¡Quema!». Cuando cerraba los ojos, los tres pensaban «negro». Cuando descargaba su rabia —que era rabia de los tres— sobre la humanidad de alguien, eran tres los que se sentían satisfechos.
Con el tiempo, el muchacho había comprendido que Voz Uno y Voz Dos aprendieron todo junto con él. Se explicó que, quizá porque ambos tuvieron siempre voces de adultos, él los creyó, como los mayores del mundo exterior, dotados del conocimiento de todas las cosas que él ignoraba; pero no era así. Cada nueva experiencia de él, lo era, también, para Voz Uno y Voz Dos.
—Alcanzalo.
—Alcanzalo.
El muchacho inició un trote cansino para seguir al pordiosero. Sacó la navaja jerezana de su bolsillo —recuerdo de un tatarabuelo, venido desde España, después de la Guerra Civil—, y la abrió cuando estaba a sólo unos pasos del hombre.
—Dale ahora —dijo la Voz Dos.
—¡Ahora! —acució la Voz Uno.
El muchacho aceleró la carrera y clavo la navaja, una y otra vez, en el cuello del hombre.
—¡Ah! —exclamó la Voz Uno, satisfecha.
—Eso estuvo bien, pibe —dijo la Voz Dos.
Conoció a la mujer en el colectivo, de ida al trabajo. Salieron algunas veces, sin plantearse compromisos y sin esperar demasiado. Decidieron convivir en el departamento minúsculo que ella alquilaba.
Dos meses después, llegó la plaga. Avanzó rápido. El aislamiento, también; y se extendió por días interminables. Después, vinieron la estrechez económica, el hastío, las discusiones por nimiedades y el fastidio. La convivencia larga y obligada, en un lugar tan pequeño, no resultó.
—Pibe, no te merece —ahora era un hombre, aunque la Voz Dos todavía lo llamaba «pibe».
—Siempre está contradiciéndote —acotó la Voz Uno.
—Se cree que es tu madre.
—No te quiere.
—¿Qué falta te hace, si nos tenés a nosotros?
Era curioso, pero Ella y Él nunca habían estado en desacuerdo. Si alguna situación confundía al hombre, ambos opinaban en el mismo sentido; transmitiéndole seguridad y actuando como referencias para él. Nunca se había percatado de eso.
—Es una puta —sentenció la Voz Uno.
—Tampoco merece vivir —atacó, dura, la Voz Dos.
—¡Matala! ¡Matala! ¡Matala! —recitó la Voz Uno, como si se tratase de un mantra.
El hombre entro al baño, despacio y en silencio. La mujer estaba en la ducha y su silueta se insinuaba detrás de la cortina. El hombre llevó la escopeta a su cintura. El sonido del agua disimuló el doble «click», cuando amartilló ambos caños. Como al descuido, apretó un gatillo y, un segundo después, el otro. Aunque aturdido por las explosiones, escuchó las voces:
—¡Qué bien! —dijo la Voz Uno.
—Fantástico, pibe —dijo la Voz Dos.
Luego, el hombre encendió un cigarrillo, cerró con llave la puerta del departamento, bajó los tres pisos por la escalera y, sin soltar el arma, salió a la calle.
Los vecinos escuchaban a la pareja discutiendo todos los días. Pero había gritos en todas las casas. Sin embargo, disparos de escopeta era algo distinto. Alguien llamó al nueve once.
Los controles de la cuarentena eran estrictos y los móviles policiales recorrían las calles con una cadencia machacona, así que, antes de los dos minutos, estuvieron allí.
El hombre caminaba, lento, por la vereda, con la mirada perdida y el cigarro en la boca.
—¡Ah! ¡Qué bien se siente! —dijo la Voz Uno.
—Qué placer, pibe —dijo la Voz Dos.
Una tercera voz, que venía de afuera, gritó:
—¡Alto! ¡Policía! ¡Soltá el arma!
—No lo escuches —dijo la Voz Uno.
—Matalo a ese también, pibe —susurró la Voz Dos.
El hombre se detuvo y abrió los caños de la escopeta. Como en sueños, escuchó que eran varios los que ahora gritaban «¡Alto!, ¡alto!». Buscó los dos cartuchos en los bolsillos del jean y los cargó. Cerró los caños, levantó el arma y apuntó al primer policía. Escuchó varias detonaciones y sintió golpes en el pecho, la espalda, las piernas. Mientras caía, apretó los dos gatillos, pero ya no vio nada. Todo se oscureció.
—¿Pibe? —preguntó la Voz Dos. Sonó extraña, sin reverberación, sin ecos.
—Tengo miedo —dijo la Voz Uno, que aún seguía siendo la de una mujer joven.
—¿Estás ahí? —insistió la Voz Dos.
—No te veo —acotó la Voz Uno—. ¿Qué pasó?
—Lo mataron
—¿A quién?
—¡Al pibe! —respondió la Voz Dos.
—¿Por eso estamos en la oscuridad? ¿Por eso todo está en silencio? —interrogó la Voz Uno, con temor.
—Supongo que sí. Él era nuestro cuerpo —intentó explicar la Voz Dos.
—¿Y qué vamos a hacer?
—No sé.
—¡No quiero estar acá!
Voz Dos suspiró con resignación que más parecía congoja.
—¡Hacé algo! —dijo la Voz Uno
—¿Qué? ¿Qué te parece que podemos hacer?
Voz Uno lanzó un gemido. Se hizo un largo silencio.
—Tengo miedo —insistió la Voz Uno.
La Voz Dos no respondió. Hubo un silencio aún más prolongado que el anterior.
—Hablame —acució la Voz Uno, en un susurro.
—¡Qué querés que diga! —gritó la Voz Dos, con odio.
—No sé. No quiero estar acá.
—¡Yo tampoco!
—¿Y qué hacemos?
—¡No sé! Esto…es… un confinamiento.
Un tercer silencio duró más que los anteriores.
—¿Y cuánto va a durar? —interrogó la Voz Uno.
—Supongo —dijo la Voz Dos, entrecortada—, supongo que toda la eternidad.
* Costumbre amorosa de los gigantes
Cuando un gigante decide proponerle casamiento a su novia, le ofrece una primorosa caja de madera de incienso rojo, más o menos del tamaño de sus manos y le dice, con voz quebrada:
―¿Te quieres casar conmigo?
Ella la toma y exclama:
―¡Ay! ¡Por supuesto, mi vida! ¡Gracias, mi amor! ¡Qué hermosa!
Temblorosa y con gran expectativa, la gigante abre la cajita y encuentra, sobre terciopelo azul ―color que, entre esta raza, simboliza fidelidad— un humano atado de pies y manos, su boca amordazada y un terror indecible en su mirada. Alrededor de su cuello, anudado un hilo ―hilo para los gigantes, gruesa cuerda para los humanos— de oro y plata.
En una ceremonia muy emotiva, la mujer se inclina sobre la cajita y el gigante ata el cordel en la nuca de su amada, cuidando de que quede adecuadamente flojo. A continuación, ella se levanta de golpe y el hilo se tensa. El humano pendula sobre el pecho sonrojado, se contorsiona, encoje y estira sus piernas varias veces, gira apenas su cabeza a un lado y otro buscando una bocanada de aire que no está, completamente ajeno al beso con que los novios sellan su compromiso. Luego muere.
La novia llevará el cadáver del hombre en su cuello hasta el casamiento, más o menos un año más tarde. El olor a putrefacción se considera de buen augurio y es motivo de orgullo para las gigantes, porque indica su condición de mujer comprometida en matrimonio.
Después de la boda, será el marido quien quite el colgante y lo guardarán, juntos, dentro de algún libro de poemas que él le habrá regalado durante el noviazgo.
Unos doscientos años después, el esposo habrá muerto.
Un día cualquiera, su viuda estará sola ―los hijos también se habrán ido y verá a los nietos una o dos veces por año— y sumida en la nostalgia tomará el viejo libro, lo abrirá con temor respetuoso y encontrará el pequeño esqueleto casi formando parte de las páginas. Dejará caer una lágrima, más o menos donde el humano tenía su corazón. Ella creerá, por un segundo, sentir de nuevo el olor tan amado a carne putrefacta.
Daniel Frini nació el 29 de octubre de 1963, en Berrotarán, Córdoba, República Argentina. Reside en Villa Ballester, San Martín, Buenos Aires. Es Ingeniero Mecánico Electricista por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y Diplomado en Dirección General Economía y Negocios para Pequeñas y Medianas Empresas por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), escritor y artista visual. Desde 2018 es Columnista de la revista “Educación Alternativa Un Vistazo” (Oaxaca, México). Desde 2019 es profesor en la Escuela de Escritores del Círculo Literario de General San Martín. 1er Premio en el III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén / Microrrelato, con el microrrelato y la obra visual “Bonjour tristesse” (Jaén, España; 2019). Biografía completa.
Gozosos y sufrientes - David Crauley
Son dos mundos diferentes; uno sufre, otro goza dentro, muy dentro. Son dos mundos muy distintos como lo eres tú, aunque, en el fondo, créeme, no son tan diferentes. Se componen de cielos, nubes, escaparates y hasta de un montón de ceros y unos como cualquier otro mundo. Son dos mundos pequeños que se tocan y se aman, precisamente porque uno sufre y el otro goza. Y es necesario que uno sufra y el otro goce, porque así todo tiene un sentido para los que allí dentro sufren y para los que allí dentro gozan, que nunca gozan lo suficiente porque los sufrientes nunca sufren lo suficiente.
Ahora dirás que lo que te cuento de ningún modo es cierto y, sin embargo, es tan cierto como que
el dios de los sufrientes y los gozadores, el Gran Sufriente, murió en su cruz para poder amarlos a todos. Tú no estabas allí, pero esto sucedió una vez y para siempre en un mundo que es dos, aunque allí tres sean los monos que no quieren ver, ni oír, ni hablar. Porque todo eso daría mucho que pensar y, el que piensa, de ningún modo goza y el que no sabe gozar, tampoco sabe sufrir y qué terrible es, en un mundo de gozosos y sufrientes, ser un mono que ni goza ni sufre.
Dos mundos que desde el origen siempre fueron dos. Y que siempre serán dos por mucho que los maestros y los doctores, en las escuelas y en los televisores, enseñen que es uno y que allí todos gozan. No mienten, simplemente ignoran que les han enseñado mal, no han aprendido a contar. Dos son los mundos de los que te hablo; como dos son las caras de la moneda que los gobierna, como dos son las manos con las que se matan, como dos son los que sufren para que uno de ellos goce.
Gozar, sufrir, gozar de tanto sufrir, sufrir para gozar un poco más, parece no tener sentido, pero es necesario que sepas que allí nada tiene sentido. Si lo observas de cerca verás que son dos mundos; uno está arriba, otro está abajo y, sin embargo, entre ellos afirman que tal distancia no existe, que todos ellos son una misma cosa. Sí, hermano, como puedes ver, allí nada tiene sentido; los torpes gobiernan, los pobres de espíritu predican, los necios enseñan lo que sea que allí tengan por cierto y veraz, y siempre tienen la razón aunque nadie se la conceda.
Gozosos y sufrientes, sufrientes y gozosos: ni quieren ni sabrían ser cualquier otra cosa. A menudo dicen los sufrientes que su virtud es el sacrificio y, a menudo, dicen los gozosos que precisamente su virtud es sacrificar y así todo está bien entre ellos que aman sus goces y sus dolores como el fantasma que ama las cadenas con las que atormenta.
No pienses eso, no se trata de ser dichoso o una mejor clase de primate, se trata de tener el don de sufrir sin ningún beneficio o el don de gozar sin remordimiento alguno: ese es su secreto. Algún día, al fin, se matarán entre ellos de una vez por todas y gozosos y sufrientes, por fin, serán aún más dichosos.
DAVID CRAULEY
Autor nacido en la primavera del año 1976. Residente en Sevilla. Licenciado en Ciencias Políticas. Diseñador Gráfico de profesión en la actualidad. Ha autopublicado recientemente su primer conjunto de relatos cortos bajo el título En Guerra con la Realidad.
📨 rogercrauley@gmail.com
Twitter: @DCrauley
San Sebastián. Génesis -Roberto Garcés Marrero
Fui sacerdote de Cibeles. Era muy joven cuando en un éxtasis paroxístico, frenético, me hice estéril para fertilizar a la Fertilidad. Aún recuerdo el dolor, el tañir de címbalos y panderos, los gritos, mis alaridos que parecían salir de otra boca y ser escuchado por otros oídos, el olor a sangre. Pero, sobre todo, recuerdo con nitidez el miedo, ese terror masculino más característico y esa sensación de inmaterialidad que experimenté cuando vi alejarse a mis genitales en dirección a la Diosa.
A partir de entonces comencé a evitar a las personas. Al principio fue solo por la debilidad que me produjo la herida. Pero poco a poco pude ver cómo los otros no eran más que la encarnación de sus sexos, fálicos y vaginales carros de triunfo, máquinas que alimentaban, trasladaban y permitían actuar a sus genitales. Cada mano había estado cubierta de semen, cada boca de fluidos, cada torso de sudor postcoital. Incluso los niños no eran más que esperma solidificada e incubada cerca del calor de los excrementos. No podía reprimir mi horror ante cualquier roce: ningún agua lustral podía purificarme.
Por eso viví en una cueva, consagrado al culto de la Hécate ctónica. La Diosa oscura me exigió sacrificios cruentos, pero incapaz de tocar otro cuerpo, cada noche de luna nueva hacía una trampa y asaeteaba a distancia a los que caen en ella. Uno de ellos fue incluso santificado por un dios absurdo que promulga una inútil virginidad sin castración. Era un muchacho. Sus miembros rutilaban a la luz estelar, fosforeciendo como hecho de alabastro. Sus músculos temblaban ante la penetración de cada flecha. La sangre corría a borbotones, oscurecida, como la eyaculación profusa de un semen negro. Algo en mí despertó entonces: una sed intensa desbordó cada uno de mis sentidos. Ahora estoy aquí, en este prostíbulo, con vestidos femeninos. Dicen que soy la mejor amante de la región. Los tejidos de las Parcas son extraños: matar a un santo me hizo puta.
* Experimentum crucis
A Virgilio Piñera, inspirado en su René
Su avidez por ser penetrado era descomunal. De niño lloraba cuando los médicos decían que no era necesario inyectarlo. Un poco más grandecito le robaba los alfileres a una vecina costurera para clavárselos en los muslos. De adolescente se llenó de piercings, de aretes y no extrañó a sus conocidos cuando se le declaró el power bottom más famélico de la zona. A menudo sus amantes huían despavoridos ante la nueva Mesalina que se hacía penetrar por dos o tres vergas al unísono. Muchas veces por sus desmanes tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Lloraba entonces presa de un éxtasis sublime, envidia de cualquier místico.
Cuando lo conocí ya estaba sordo: sus oídos habían sido perforados por su obsesión autopenetrante. Hacía solo unos días había leído una noticia trascendental: los embalsamadores egipcios extraían por las fosas nasales el cerebro de las momias. Esta idea lo recorría en oleadas de voluptuosidad. Me suplicó que lo ayudara en su lenguaje casi inarticulado (¿qué cosas habrían sucedido en esa garganta?). El altruismo que me caracteriza me impidió negarme.
Para dilatarse, introdujo una vara de acero por su nariz, ayudándose con vigorosos movimientos circulares. Lancé mi pene en busca de aventuras por la oquedad sanguinolenta que dejó en su rostro. Segundos antes de morir me confesó entre estertores que cuando mi semen bañó su masa encefálica había comprendido por fin por qué dicen que el orgasmo es en un ochenta por ciento cerebral.
Roberto Garcés Marrero (San Juan de los Remedios, Cuba, 1984). Antropólogo, filósofo. Participa en el proyecto internacional Letras y Poesía. Escritos suyos han aparecido en revistas literarias como Primera Página, Nagari Magazine, El Narratorio, El coloquio de los perros, Herederos del Kaos, Incoherencias, Freibrújula, Letralia, Extrañas Noches y en blogs como El Claroscuro (Colombia). Actualmente reside en la Ciudad de México. lordruthven33@gmail.com
Empoderadas - Liset Reyes Aldereguía
El evento ha tenido gran alcance. Próximo a las diez, aún llegan personas al local. El asiento central de la primera fila está vacío. Hemos logrado reunir unas cincuenta sillas gracias a mis habilidades, pero mamá al parecer sigue molesta. Tenemos que entenderla, Shelssya, dice mi hermana al notar mi desagrado respecto al tema. Mamá había sido la impulsora de todas nuestras metas. Feminismo, independencia económica, prosperidad, creatividad. Montones de palabras, disertaciones, consejos para Alessa y para mí. Señora, en la mochila de Shelssya encontramos los lápices de todos sus compañeros de aula, dijo la maestra de primaria a mamá una tarde que nos buscó al culminar las clases. Perdone maestra, no volverá a suceder, ella es una niña muy educada. En casa me felicitó. Me pidió que escondiera todos los cubiertos de mesa. Nunca los encontró. Mamá siempre me apoyó en todo. A veces proponía ejercicios a fin de pulir mi destreza. Íbamos a casa de extraños. Mientras ellos y mamá conversaban, yo guardaba adornos, ropas, monedas. Mi cuarto se convirtió en almacén.
Alessa y yo decidimos crear contenido para YouTube hace unos meses. Las redes sociales son hoy en día una de las mejores formas para dar a conocer tu negocio. Youtubers, eso somos. La idea surgió un día que recolecté una cámara profesional. Hemos tenido mucha aceptación con nuestros videos. Estos consisten en grabaciones en diferentes lugares, donde yo tomo varios objetos, siempre velando no ser descubiertas, y luego filmamos a mi hermana ingiriendo los objetos. Yo la ayudo a procesarlos, a triturarlos para simplificar la deglución. Subscriptores, colaboraciones con marcas. Todo éxito. Somos dos mujeres empoderadas, mamá, le dije el día que recibimos la placa de los cien mil subscriptores.
A mamá siempre le desagradó el hecho de ser figuras públicas, de que vieran nuestras habilidades, de tener que cambiar constantemente de domicilio para evitar a algunas personas que decían sentirse afectadas con nuestro negocio. Por eso mamá no está en el evento. La silla que le guardamos la ocupa un señor aleatorio. Todos los que están aquí son seguidores fieles. Personas que pagaron bastante por ver nuestro primer acto en vivo.
Alessa sube al escenario. La plataforma está llena de equipos para triturar disímiles materiales. Mi hermana comenta sobre el proyecto. Los primeros videos. Miedos. Experiencias positivas y negativas al ser youtubers. El público está contento. Filmo con un móvil que tomé de la única señora ubicada en la última fila porque Alessa comió piezas de la cámara. Alessa anima a nuestros seguidores mientras yo tomo sus pertenencias. Pañuelos, anillos, móviles principalmente. Decido no retirarles el dinero porque considero que en esta ocasión sería un gesto grosero de mi parte. Algunos me descubren, me sonríen.
Le entrego los móviles a mi hermana. Un espectador que aún conservaba el suyo, lo lanza entusiasmado al escenario. Aplauden. Es increíble lo que hemos logrado en poco tiempo. Lanzan rollos de dinero y Alessa los ingiere con facilidad. Despojo poco a poco a todos de sus ropas, las agrupo en una esquina del escenario. Le digo a Alessa que no se las coma, que me permita conservar algo. Ella está de acuerdo.
Arribo al escenario para dar las palabras de cierre. Por lo general soy yo quien termina los videos. Desde la plataforma percibo el Edén que fluye en los asientos. Euforia. Nalgas. Senos. Euforia. Sola falta mamá en este paraíso.
Liset Reyes Aldereguía (Cuba, 1998). Odontóloga, poeta y narradora. Miembro del Laboratorio de Escrituras Encrucijada.
He sido buena madre - Magdalena Páez Amador
—He sido buena madre— Me digo y acepto la mugre. Vuelvo a restregar, fetidez y desinfectante hacia el agujero. Desagües por donde te vas junto al orine, donde reaparece la música que te detiene en la blasfemia de un plato vacío. —He sido buena madre— Enciendo un cigarro y el aire se enrarece, recibo las monedas. Por el ventanillo entra la noche al círculo dantesco. El ventanillo es un desagüe a ultranza, vía de escape. Mis clientes son flashazos, aquí siempre son flashazos, salvo los rostros amarillos por los que les permites orinar sus cervezas. Hay una luz especial en cada moneda afanada por mis dedos. Una premonición que no entiendo, una similitud, una cadena, mi propio martillo de romper las piedras, heroínas que nunca fui. – He sido buena madre—Mi piel puesta a secar después de las moscas y el alcohol. Después de las operaciones, después del semen, después de la menopausia, los sofocos, la osteoporosis. —He sido buena madre—Aprieto la escoba, antes que por el ventanillo los recuerdos lleguen.
Magdalena Páez Amador. Casa de cultura Elizardo Báez Perico 1967. Licenciada en Defectologia. Habilitación para especialista de literatura.
-Participante evento Cien Poetas por Virgilio Piñera. Julio.2012
-Finalista concurso Milanés pequeño. Agosto. 2017
-Finalista concurso Milanés pequeño. Agosto. 2018
-Mencion Poesía concurso María Villar Buceta. 2018
-Mencion concurso de poesía Manuel Navarro Luna. Septiembre. 2019
-Mencion concurso nacional de poesía Varadero Amor. Febrero 2019
-Premio Victoria de Girón Poesía. Abril. 2019
-Finalista concurso Milanés pequeño. Agosto. 2019
1eraMencion concurso nacional de poesía Varadero Amor. Febrero 2020
-Premio colateral de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales. Febrero 2020.
-Mencion cuento adulto Fray Candil. Cárdenas. Marzo 2020
-Premio compartido poesía Fray Candil. Cárdenas. Marzo 2020.
Cromosoma -Shabely Botello
––Dos
––¿Solo dos?
––Bella, ¿no estoy siendo clara?
––Sí, sí. Clarísima, como de costumbre.
––¿Sarcasmo otra vez? Pensé que habíamos superado esta parte de nuestra relación.
–– Ruth, qué te puedo decir, sacas cosas de mí que no deben estar así, sueltas por la vida.
––Para eso me buscaste.
––Estoy considerarlo no hacerlo más.
––Pues ya me dirás cuando terminemos. No te distraigas. Dos
características que te identifican en cada momento.
––¿Solo dos?
––¿Otra vez la pregunta?
––Esta vez es real.
––Sí, solo dos.
––¿No te parecen pocas?
––Las que necesito.
––Sangrienta y minúscula.
––¿Por qué?
––No sé, es lo primero que se me ocurrió.
––Si es lo primero que se te ocurrió, es lo primero que sentiste.
––Ya, claro.
––Minúscula, ¿crees que eres minúscula?
––Todos los días de mi vida son minúsculos.
––¿Cómo estas tan convencida de eso?
––Nadie me ve. Eres la persona que más tiempo pasa conmigo.
––¿Has intentado acercarte a las demás?
––¿Para qué?
––Puedes sentirte diferente. Que formas parte de algo.
––No lo sé, lo pensaré.
––Sangrienta. ¿Quién es sangrienta?
––Mi mente.
––¿Dirías que te gusta la sangre?
––No.
––Entonces.
––Me hace sentir vestida.
––Explícate
––Siento que la sangre me viste. Me llena, es algo que todos tenemos pero que nadie tiene de la misma forma.
––Por eso te cortas… ¿para vestirte?
—No, para verla.
––¿No te importa el daño que te causas?
––El daño es relativo. Si lo hago mi piel se daña, si no lo hago se daña mi mente.
––¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste así?
––Con Pillín.
––Pillín. ¿Tu amigo?
––No, el cerdito.
––¿Cerdito?
––¿Te burlas de mí? Eso no es muy profesional.
––Perdóname, pero nada de esto es profesional.
––Habló la terapeuta.
––Pillín, ¿qué le pasó?
––Mi madre. Ella me lo había regalado y, de un día para otro, lo mató delante de mí. Yo lo quería mucho y ella, para justificarse, dijo que eso no les dolía.
––¿Y tú le creíste?
––Tenía 5 años. ¿Qué te puedo decir?
––Entonces.
––Comencé a matarlos junto a ella para venderlos en el pueblo. Me dijo que ellos estaban enfermos y que eso los hacía felices. Era lo único que hacíamos juntas. Los cortábamos y limpiábamos.
––¿Por eso la mataste? ¿Porque estaba sufriendo?
––Sí.
––¿Te arrepientes?
––Dicen que lo que hice no tiene perdón, pero era lo que ella quería.
––¿Qué era lo que quería?
––Dejar de sufrir. Moriría en pocos días de todas maneras.
––¿Qué sentiste al hacerlo?
––Que la estaba liberando.
––Ya me tengo que ir.
––Perfecto, nos vemos pronto. Adiós.
––Bella, espera. Antes de que regreses a tu celda… no me has respondido algo. ¿Te arrepientes?
––¿De qué?
––De haber matado a tu madre.
––¿Y tú? ¿Te arrepientes de no haber estado ahí para ninguna de las dos? Después de todo, también era madre tuya.
El asexino - Karina Androvich
Había acicalado su pija por tercera vez en el día. No quedaba otra cosa. Veía refregarse a la gente por internet y ya había empezado a entrar a los sitios porno como quien entra a su baño a mear. Era petiso, delgado, cagón, de vientre abultado y viejo, pero macho. Las pantallas lo hacían fácil y creía que su turno había llegado. A veces pagaba y no le molestaba exagerar inversiones en atenciones a cambio de favores sexuales. Soñaba con una erección al día de veinticuatro horas y cualquier avatar que le restringiera esa posibilidad era un obstáculo.
Estaba en guerra. Se debía una vida. Había trabajado, criado hijos y hecho dinero esquivando orgías setentosas y chicas drogadas ocasionales. ¿Por qué lo habría evitado? ¿Por qué condenarse al pajerismo de una vida impostada? Las mujeres lo encandilaban y él se dejaba, pero después continuaban encandilándolo y tenía que resistirse, tal vez no diera a basto, tal vez no imaginaba la excusa adecuada, tal vez una paja fuese suficiente, se engañaba. Toda una vida sintiendo una pija minusválida, toda una vida en torno a este defecto, referida a este escozor involuntario.
Supo que cuando el cuerpo se estremece de un valor que nunca tuvo, los ojos se dilatan como llenos de sangre y el sexo se endurece. La vida siempre estuvo ahí, creyó, y era su hora. Entró al recinto de los cuerpos con el corazón agitado y el músculo flácido. Los ojos daban frío. Buscaba suspender esa atmósfera expectante hasta anular cualquier posibilidad humillante y dar con el zarpazo que lo erigiese. Los gestos de los cuerpos disponibles corroboraban la flacidez vergonzante por lo que fijó los ojos en las contorciones de una estríper. Escondió los ojos en su carne y un halo de calor recorrió su epicentro. Se quedó ahí, merodeando sus partes para sostener el impacto. Se llevó la copa de vino a la boca como quien succiona un pezón que ofrece fluidos, ceras brillantes o gotas transpiradas camufladas con un perfume ácido. Un cuerpo anónimo disponible a su antojo, ¿qué otra cosa podría ser la libertad? ¿Cómo suministrarla y hacerla durar para siempre? ¿Cómo mirar cualquier culo apetecible con el superpoder que la situación le insuflaba? ¿Cómo pajearse full time con su mente en perpetuo sin que nadie lo sepa, sin tener que coger siquiera, como si querer coger en constante fuese suficiente? Creyó que esa era la piedra filosofal de su libertad: poder tomar cualquier cuerpo en cualquier momento en secreto. Lamerlo mentalmente, tomarlo con ambas manos, chuparlo, cogerlo, manosear, arrojar, patear, descartar, cambiar, creyó que era el pajero más astuto del mundo, que su actividad libidinosa incesante volvía a él en este momento como revelación de sabiduría invaluable. El músculo crucial no aseveraba la epifanía con su tensión, elongaba ensimismado y como en otra cancha. Sintió los ojos de una mujer sobre su nuca. Sabía que tenía tatuado el pánico al rechazo en alguna tecla muerta así que no se movió. La dejó hacer dándole la espalda sin resistirle su blandura insurrecta. Se esforzaba otra vez con los ojos sobre la carne de la estríper, pero estaban vacíos o llenos de su bóxer flaco. La mujer insistió un rato y después se apartó. El resto del recinto había progresado y mostraba felatios, garches y petes varios. El viejo tomó su sexo enviagrado y empezó a agitarlo. La explosión ocurriría y la posibilidad de humillación quedaría abolida. Se acercó a un tumulto de piel, pero el semen cayó por el camino y la libertad se clausuró ya por esa noche, pensó. Mañana recuperaría su latencia libidinosa sostenida.
Áreas de interés: vivir, abordado desde el arte y el psicoanálisis desde 1970. De nombre Karina Androvich y figura esbelta desorientada.
La otra noche de los sueños - Alex Armega
Convertido en un muñeco corría descalzo por el jardín que era una selva. Mi tamaño se había reducido al de un soldado de plomo. El sueño se tornó pesadilla cuando vi venir a nuestro gato. Me oculté detrás de una margarita. Parecía un león o una pantera, caminaba con gatuno sigilo, como si temiera despertar al hombre que lo sueña.
Nadie recuerda muy bien lo que le sucede en un sueño. Lo inventaré de nuevo: si en el sueño el jardín era una selva, y el gato un león o una pantera, la paloma parecía un pavo americano cebado para el día de acción de gracias. A prudente distancia, para no espantarla, nuestro gato escondió la cola y bajó el lomo. Agazapado como un tigre esperó el momento adecuado. El ave buscaba semillas para echarse al buche dando pasitos cortos sobre la hierba o la sabana. Temeroso de lo que vendría, para protegerme mejor, abandoné mi escondite y me subí al carro de bomberos con el que juega mi hijo de seis años. Cerré las puertas y subí las ventanillas.
Saltó un segundo antes de que la paloma tomara vuelo. Fue un ataque certero y salvaje. La inmovilizó bajo sus garras y la mordió duro en el cuello. La sangre caliente, la noche tropical, despertaban su instinto animal dormido en la vigilia. Con la repulsiva ferocidad de una hiena manchada empezó a comérsela, sin importarle comerse también las plumas. Entre los testigos había árboles, insectos y amapolas dormidas, pero nadie hacía nada. Conmovido por aquel horror grité con todas mis fuerzas, pero mi grito no se escuchó. Mí boca no era una boca, estaba dibujada. Nada pude hacer para espantar al gato y salvar a la paloma, mis piernas y mis brazos dormían en España, alucinado no más ver como se la engullía. Tuve miedo, quise encender el motor, largarme de allí, pero en el caprichoso guion del sueño el carro de bomberos no tenía llaves, o mí niño se las había llevado.
No recuerdo más. Desperté sobresaltado con el sudor de la pesadilla todavía en la frente. Bebí un vaso con agua sin respirar y seguí durmiendo de un tirón hasta las seis de la mañana, hora habitual en la que despierto a mi cuerpo para ir al baño. Abrí la boca, bostecé, me lave los dientes…, no tuve necesidad de mirarme en el espejo para cerciorarme de que no había ningún muñeco, de que seguía siendo aquel buen hombre de siempre, delgado, liberal y tolerante. Era un domingo por la mañana. En pantuflas, con la bata puesta y una taza de café en la mano, abrí la puerta dispuesto a desayunar frente al mismo jardín por donde reducido y descalzo había corrido en sueños. Para mi sorpresa una paloma muerta, de tamaño considerable -no estoy hablando de una torcaza, tal vez de una montera- se hallaba aplastada, reventada, sangrienta, sin ojos y tres plumas sobre el felpudo de la entrada.
El corazón se me disparó. Tembleque, algo de café salpicó la escena del crimen. El gato cabrón no estaba en ninguna parte, había dejado en la puerta del amo el cadáver de su víctima a manera de ofrenda, los felinos domésticos acostumbran hacerlo. Dando por sentado que se la habría zampado en la otra noche de los sueños, indolente fui en busca de una escoba. Controlando las arcadas terminé de limpiar con un estropajo las últimas manchas de sangre. Los restos de la paloma muerta fueron a parar a la basura. Me quité los guantes y los dejé sobre la mesa.
Alex Armega. Nacido en Bahía Blanca, Argentina 1963. Licenciado en Psicología. Obras publicadas: “La mansión de los altos estudios”, “Entre la lluvia y el fuego”, “El diablo en Marsella”, “Tres relatos y medio”, todas editadas por Blurb Inc.









