Tomé como referencia el título de tu libro para dar inicio a este breve texto; porque quería que supieras que no lo habías olvidado todo, tan solo habías hecho una breve pausa.
A menudo nos gusta contar que hemos vivido la vida. Pero cuando decides prestar atención, te das cuenta que emiten comentarios acerca de su profesión y de cuántos reconocimientos y títulos ha ganado durante su crecimiento personal. En cambio, vivir es tan simple, que nos olvidamos de rendirle tributo y enaltecer con humildad nuestras vivencias, nuestras experiencias de vida. Y a tus 88 años, cabe resaltar que viviste.
Querida Rosario, aunque nos conocimos en poco tiempo, te conté muy poco. Como cuidadora del adulto mayor, durante mis ratos libres, me dedico a leer y a escribir. Un buen día, leyendo la biblia, noté que en ella solo se da a conocer la vida y la muerte. En ése instante me pregunté: ¿ por qué ignora describir el proceso dulce y amargo de la vejez? Tal vez porque Dios se vio siempre joven, y es el único que aún; según fehacientes, puede con todo.
Para muchos, e incluso para los más grandes póstumos, el paso de los años se define en una sola palabra: sabiduría.
De muy joven me preguntaba si la vejez y la sabiduría tenían algún valor, algo que realmente le diera la merecida importancia. Hoy, me es reconfortante decir, que este valor no solo lo he hallado, sino que es ahora cuando lo comprendo más.
He tenido grandes maestros, entre ellos, algunos como Bukowski, que me enseñó que el lenguaje sucio forma parte de nuestra naturaleza. Poe, por el contrario, me mostró que cada uno de nosotros guardamos en silencio un poco o quizá mucha oscuridad; pero que necesitamos de ella para sobrevivir. Y entre esos maestros, también entra mi terapeuta —de quien te hice saber el nombre y sonreíste porque supiste de quien te hablaba— que en una sesión me dijo: “después de adultos, Sujenis, todos somos capaces de decidir que hacer con el dolor emocional”. El mutismo se apoderó de mí en ese momento. Desde entonces, seguí el ejemplo de Bukowski, Poe, Kafka, Dostoievski, entre otros. Ese ejemplo fue… escribir.
Rosarito, cuidar de una adulta como tú, no fue casualidad; tal vez fueron pequeñas causalidades acontecidas destinadas para conocernos. Junto a ti disfruté de nuevas experiencias. Desarrollé mucho más mi capacidad de observar para observarte, y de vigilar cada movimiento para servir de soporte a tu ritmo. También lograste avivar emociones contenidas; casi cadavéricas, en las aristas desenfocada que habitaron mi mente.
No siempre articulaste muchas palabras para completar las oraciones. Sin embargo, comprendías todo lo que ocurría a tu alrededor.
La vejez, una vez comenzando a aparecer, se convierte en el mayor de los desafíos. Y tu debiste de aprender a culminar los días con múltiples patologías e incontables horas de malestar, desafiando por completo a la biología. Estos malestares que tanto te aquejaban, tanto tus hijos, como tus cuidadoras, siempre tratamos de disipar. Mas, esas adversidades no fueron impedimento para que sonrieras frecuentemente; llegando al punto de que el crepúsculo mismo tuviese miedo de competir contra ti.
Diariamente nos gusta utilizar perfume, tanto para salir como para dormir, ¿a quién no le agrada dormir fresco y perfumado y que al levantar las sábanas huelan a ti? La vejez tiene fragancia propia, y no se equipara a los ya acostumbrados. El deslustre de la edad anciana huele a dolor, a olvido, a una memoria casi inerte e inverosímil. Cada 24 horas la vida te realiza débitos cardíacos y te deprecia la sonrisa.
Levantarse cada mañana para ovillar dolores y reanimar la vida en base a una diagnosis esperanzadora, siempre es mi misión, nuestra misión como cuidadoras.
Dibujaste tantas margaritas, que a última hora deshojaste sonrisas con el más ruidoso de los silencios.
Te admiré en vida. Y te recordaré, hasta que quizá, a mi también se me olvide.
Cuando comiences a notar que el olvido se está aproximando, hazle saber a esa persona que la amas. Que estarás allí. Que no importa si la media del día es impar. Llévala a su lugar favorito. Y bésale hasta dormir. Porque ese será el último recuerdo que dure un par de minutos en su mente.
