Antes no le sucedía; ahora le sucede: padece amnesias fragmentarias por una interrupción neuropsicológica del hipocampo. Su cerebro no está bien. La solución resulta simple: disminuir las cantidades de alcohol y comer. “Doble A” sospechó que estaba de nuevo en la posición del principio, pero con muchos más años. Asimilado esto, tenía que calcular el próximo paso antes de caer en impulsos violentos.
En la espera, siente una rabia lasciva; todas las palabras le parecen huecas. Continúa dando grandes zancadas como un animal enloquecido, enjaulado; luego sale y mira hacia arriba. A los pies del límite, todo suele parecerle insignificante.
Ha decidido suicidarse. Se especifica que está escogiendo entre una forma y otra. Se especifica que, desde que tiene uso de razón, nunca ha hecho nada sin juzgarlo mil veces.
Al racionalizarlo, se recuerda a sí mismo que ya se ha enfrentado a la muerte más de una vez. Aun así, no puede evitar pensar si, de verdad, la muerte lo ha elegido al percatarse de su adicción a la adrenalina. Y comienza a escuchar canciones sobre tortura que alteran su producción de dopamina.
“Doble A”, de nuevo, tiene otra idea para desligarse de todo. Caminando, observa una gasolinera. Lentamente saca dinero de su bolsillo y compra un bidón. Lo llena y, a paso lento, se dirige hacia lo que en ese momento se convirtió en su casa. Abre la puerta, entra, vierte la gasolina en el interior y enciende una cerilla para tirarla. La tira.
El fuego cobra fuerza y alcanza una altura considerable. Los objetos entran en combustión, se rompen los vidrios y las llamas salen al exterior; parecen un cañón de fuego a plena potencia.
La trayectoria natural ascendente del fuego escala pared arriba. Todo empieza a calcinarse. La propagación por fachada —muros, cortinas, el sofá, la cama y, por último, materiales de revestimiento combustibles— arde sin control, alcanzando las casas de los vecinos. “Doble A” sonríe y emprende un camino zigzagueante antes de ser detenido. Fue algo absolutamente delirante lo que lo arrastró de nuevo a la violencia.
La escena se fraguó en el interior de su cabeza, en una habitación desde donde espiaba un camino a través de la ventana, y vio arder a un árbol y a unas ardillas bajar corriendo desde lo más alto.
“Doble A” nunca había sentido tanta relajación, placer, interés ni curiosidad. Tras las rejas, no hace más que preguntar. Quería estar seguro de que no quedara nada sin calcinarse.
Y empezó a sentir somnolencia, calambres, dolor de cabeza, agitación, temblores graves, náuseas y vómitos, sudoración convulsiva. Cursa por su cabeza otra extrañeza: ilusiones violentas hacia sus compañeros de celda, formas de muerte muy perturbadoras, midriasis a causa de una interrupción repentina. El daño cerebral se hace irreversible. Necesita un tratamiento de desintoxicación, pero no lo acepta.
“Doble A” no solo usó alcohol, sino también barbitúricos y benzodiacepinas para lograr un “downregulation”. La malnutrición, las iras peligrosas y la sensación de persecución siguen ahí. Esperará a que termine la sentencia; soportará los flashbacks y las acusaciones para salir y acabar con todo.
“Doble A” pasó de un intento de cambio al suicidio y del suicidio a la agresión, para darse un tiempo como pirómano, quemando lo que le incomodaba. ¿Qué elegiría una vez que saliera? ¿Cambiar? ¿Suicidarse? ¿Matarlos a todos…?
“Doble A” y sus elevadas reflexiones, tan extremas y características; por fortuna para él y para muchos, algo inesperado siempre lo saca de su objetivo.
Tarde aprendió en la desolación, porque el mundo no se rige por el tiempo del dolor, sino por el tiempo feliz, y él había sido feliz.
Todo pasó después de un trago, una tarde de… ¿qué sería? Tenía que ser de noche, porque siempre salía de noche. Todo parece negro: cuerpos inclasificables, deformados, visitas extrañas, presumiblemente parientes. Sueños continuos de quemarse.
Llegado el momento, dispararía, se cortaría las venas, se ahorcaría, se envenenaría o se arrojaría al vacío. “Si te gusta, vive; si no te gusta, eres libre de regresar al lugar de donde viniste”.
Se preguntó: ¿saltar? Y visualizó el escenario, la altura, la conmoción. Cómo sobresale una contusión y laceraciones que imitarán su figura. Fractura-luxación del miembro inferior izquierdo a la altura de la rodilla; de ambos fémures; avulsión pulmonar. La desproporción de las lesiones internas con relación a las externas. El agua o el concreto serían definitivos.
¿Y si fuese un disparo? ¿Y si falla? Si falla, podría padecer una parada cardiorrespiratoria y tendría que apurar, antes de desmayarse, para apostar por un segundo disparo.
¿Ahorcarse? Como la erupción de un volcán en su cabeza, mejor el veneno para no “bailar en la cuerda”. Con el veneno tenía una inmensa diversidad de información por desclasificar: monóxido de carbono, fosfina, etanol, opiáceos y anfetaminas, metales, arsénico, antimonio, seconal. “Doble A” tenía tantas recetas para combinar en sus causas indefinidas.
…Y por la mañana lo condujeron detrás del edificio, donde había un funcionario con una carpeta y una bolsa. Después de entregárselas, traspasó una puerta que conducía a un gran portón eléctrico que se abrió apenas al acercarse.
Antes de que “Doble A” cruzara el límite de la penitenciaría y quedara en libertad, el policía le exigió que no regresara. Pero lo primero que pensó al salir fue que, en la ciudad donde vivía, no había normas que restringieran la automedicación, y se podían comprar alcoholes, pastillas, agujas y jeringuillas en cualquier parte.
Después de un largo paseo, se acercó a un agente de la ley y comenzó un forcejeo.
“Doble A” arrebató la pistola al hombre y le disparó a una cisterna llena de gasolina que estaba parada frente a una estación de servicio; la onda expansiva y el fuego de la explosión mataron a María Eleoina Huera y a sus hijos de cuatro y seis años, a Marcelino Freitas, a Jazmín Ramier, a Francis Coleman y a su perro Bretes.
Y a ocho turistas iraníes que habían hecho una pausa para utilizar los servicios.
Cuando el Servicio Médico Forense comenzó con el levantamiento de los cadáveres, encontró el cuerpo de “Doble A” parcialmente enterrado bajo el asfalto: estaba roto por las esquirlas, anestesiado por el pitido infernal de sus oídos… pero la certeza se había instalado en su sonrisa: matarlos a todos…
Aceptará los injertos, las sesiones de fisioterapia y los medicamentos. No por salud, sino por logística. Necesita que esos fémures fracturados sostengan de nuevo su peso para volver a caminar zigzagueante hacia el próximo objetivo.
Texto perteneciente al libro "Vulnerables".
Juan Carlos Vásquez es escritor y cronista centrado en lo urbano, el desarraigo y la alienación. Su obra se inscribe en el neo-noir psicológico y la crónica de ciudades.
Formó parte de los grupos culturales Spanic Attack (Nueva York, 2004) y The Hall (Miami, 2001). Desde 1999 ha vivido en varias ciudades de Estados Unidos, España y otros entornos urbanos clave. Actualmente reside en Valencia, Venezuela, después de 22 años de exilio voluntario. Es autor de títulos como Pedazos de familia, Vulnerables y Ward's Island. También ha publicado Colapso y Crónicas por Barcelona - Araña Editorial (2024).
Ha participado en antologías internacionales y ha recibido reconocimientos como el Premio Nosside y el concurso Guka.
